martes, 21 de abril de 2009

La pausa cinematográfica. Sobre la dirección de actores en el cine de Andrei Tarkovski



Desde cero. Una cosa es escribir sobre personas que escriben, en el espacio donde todo ocurre a condición de lo ficticio, otra muy distinta, compartir con el lector este acto de enorme simpatía que consiste en escribir sobre lo que nada comunica a través de palabras. Partimos de un compromiso; la inutilidad de escribir sobre cine sino es a partir de las ideas que surgen durante el visionado. Idea significaba para los griegos “lo que se ve con los ojos” y no es de extrañar que en el revés de esta acepción, nos procuremos una idea del cine de Andrei Tarkovski. Caminando bien pegados a su obra, es necesario encontrar y defender una idea propia entre las imágenes lanzadas. Buscaremos una impresión que comience en las imágenes, sin aportar un gramo de seguridad al hablar de su filmografía, sobre todo a sabiendas de que no está aquí para descalificarnos. Atenerse a las películas de un autor nos obliga a formular hipótesis a partir de ellas, sabiendo que el motor que encendió la idea fue una escena o la actitud de los personajes, en este caso. Vamos a escribir en voz alta.
Lo que Tarkovski pretendía, según sus propias palabras, era ayudar a vivir mejor a la gente. Esa es también nuestra impresión, trataba de conseguir que deseáramos hacer algo en voz alta, decir cualquier cosa, creer siempre en ella. Tal vez lo que resulte menos absurdo sea hablar del modo en que los seres humanos se presentan ante nosotros de otra manera. Un personaje es un hombre borrado de su identidad. Esto es una definición simple del actor de teatro, pero no el actor que elegía Tarkovski, él quería hombres que fueran hombres, y en cualquier arte desarrollado ante un público, el simple acto cotidiano que supone ser como somos, necesita preparación. Aquellas artes que necesitan de la voz humana, el teatro, cine, el canto, la performance, de alguna manera nos mantienen despiertos porque son personas como nosotros, abren la boca y pronuncian de otro modo, la voz cambia al cantar, como el cuerpo cuando actúa. El hombre es un tema, no hay duda; es el tema de los que no tienen miedo, muestran un espejo y lo sitúan delante de cada uno de nosotros. Tal vez por eso los actores de Tarkovski recurran en contadas ocasiones a clavar la mirada en la cámara, a romper la cuarta pared cinematográfica y violentar al espectador.
Ante la duda, recurramos a la etimología: actuar deviene ser otra figura, fingir que se es otro, ser un personaje. Adquirir forma, imagen o figura –ser un personaje- es lo que la palabra fingir lleva implícito. En la lengua está situado el brete entre la imagen y su ficción, hacia una persona que tiene otra forma, otra figura, un personaje modelado sobre el cuerpo humano. El término figura -del lat. figura “configuración, estructura”, “figura, imagen”, “forma, manera de ser”- deriva del lat. fingere,- “heñir, amasar”, “modelar”, “representar, inventar”-, y este origen es compartido por fingir- tomado del lat. fingere, “heñir, amasar”, “modelar”, “representar, inventar”-. Hablar de fingimiento en el caso del actor no es sencillo pues las palabras fingidor, fingimiento, ficción, vendrían de figura, de la acción de tomar forma. La raíz etimológica de fingir y de figura es común, por lo que alguien que finge, sería también alguien que representa o inventa. Pues bien, adquirimos forma y siempre nos ruboriza la cantidad de formas que somos capaces de adquirir. Saber quiénes somos será siempre un tema, el yo, la identidad; tratémoslo con la misma justicia que Tarkovski ponía a prueba en todos sus actores. Lo que ocurre en su filmografía es un yo y un tú en espejo, la sempiterna conjugación del presente del verbo ser en cada segundo. Al hablar de cine es costumbre caer en: un parece que, un como si, fíjense como. Si sólo con el embite acuden a ver sus películas es suficiente, pues trataremos de ser fieles para no molestar a sus películas.
Algunos directores han tirado la piedra y la mayoría hemos escondido la mano, acerca de la necesidad de establecer unas premisas exclusivas para la acción cinematográfica, o para bloquear los todavía vigentes métodos de actuación dramática ante una cámara. Acción y no actuación. Es probable que Nikolai Burlyayev no conociera ningún principio de interpretación dramática. Cuando aprieta los labios, habla o permanece inmóvil, Ivan actúa en manos del director, como Tarkovski pretendía: “El actor tiene que existir con total sencillez sobre las tablas y expresar los más complejos sentimientos del modo más simple; así es como yo veo el arte del actor. Los actores tienen una naturaleza maravillosa, tenemos que quererles como si fueran niños, y así podremos hacer con ellos todo lo que nos propongamos”. Tomemos a cualquiera de los actores de cualquiera de las películas de Tarkovski. Cualquier plano de cualquier hombre, mujer o niño. Cualquier diálogo o silencio. Preguntémonos si hay silencio o diálogo en cualquier film de Andrei Tarkovski. Nombremos una conversación y procuremos identificar dos sujetos; es uno, o son dos actores, o una boca la que habla con varias voces. Veamos cómo el cineasta ruso consigue esa desorientación radical de la identidad en el sujeto que actúa, y crea personajes cuyas relaciones son lejanas, como si la posibilidad de comunicación entre los seres humanos perteneciera a un tiempo ya perdido.
Una voz o animar las imágenes. La batalla de Tarkovski hacia sus actores consistía en que sus personajes fueran creados por el alma de la persona que actúa, que no interpretaran teatralmente ni de algún otro modo posible, si es que lo hay. No basta descubrir los enigmas del medio cinematográfico, ni revelar el claro objetivo del director por ayudar a vivir mejor a la gente, cuestiones todas técnicas y conceptuales; sin el empeño de Tarkovski en poner en escena hombres que no actúen, tendríamos un director de cine diferente. El objeto principal en los films de Tarkovski era la confianza en uno mismo, la memoria de sí, el amor a la humanidad. Luego los hombres que protagonizan su obra no han sido objeto de descuido, sino de trabajos forzados por hacer visible el encargo que les confiaba, un mensaje, el no desesperar ante el contexto seas cuales sean las circunstancias. Les exige ser apenas figuras de barro y portadores de una voz incansable, paciente y firme: “Es común a todos mis personajes tener que superar un obstáculo para llegar a comprender mejor las leyes de la vida, para permanecer fieles a sí mismos y al propio deber frente a los hombres.” Son hombres que sostienen una fuerte y lenta devoción hacia la importancia de cualquier hombre en el mundo y sus pequeños gestos.
Por temor a que sea cierto, no vamos a definir al hombre que Tarkovski alienta como estandarte, bandera y señal de futuro. Lo que sí podemos investigar es el modo en que los actores deben desaprender lo aprendido, fiarse de las señas de identidad del director, tratar de comprender que en cine no son necesarios actores, sino personas que aposenten ante la cámara con un vacío monumental de aprendizaje escénico, como Bresson indicaba en sus Notas: “Al aplomo de los actores opón el encanto de los modelos que no saben lo que son”. Una vez alcanzado el punto de ebullición, de pérdida y despiste en su propio laberinto, es posible empezar la toma.
Tarkovski declaraba una profunda aversión a la teatralidad en cada rodaje y el recelo a que sus actores trabajasen con otros directores, con miedo a que pudieran quedar inútiles para volver a trabajar con él, como si otros pudieran estropearle un juguete destruido con sus propias manos, pues “para que un actor sea efectivo sobre la pantalla no es suficiente que resulte comprensible: tiene que ser también veraz”, y el apego a la sinceridad era su obsesión. La comprensión no entraba dentro de sus propósitos como cineasta, los personajes comprensibles derivarían en mensajes más o menos obvios, en ideas del director o del guionista. La afirmación lanzada con imperiosa necesidad en cada film es la caducidad de los principios de actuación dramática, la urgencia de lograr acción, crear “una convicción distinta, propiamente cinematográfica, cuyos principios no son aquellos que hacen expresiva a la interpretación teatral”. Los factores que diferencian al espectáculo teatral de una película son fundamentalmente, el espacio de la pantalla, el fenómeno acusmático –voz localizada en otro campo-, y la posibilidad de montaje. Estas tres últimas características no existen en el teatro.
Actuar ante la cámara supone desechar las particularidades del medio, por varias diferencias insalvables: el actor de teatro no le habla al objetivo de una cámara; en teatro se actúa cronológicamente en cambio en cine, las secuencias se ruedan a saltos; la presencia física del actor de teatro es sustituida por la fotogenia. El actor de cine necesita una formación específica que le permita verdad para con la cuarta pared del s. XX, la cámara. Si un actor de cine tiene que rodar la última escena primero, por ejemplo, ¿por qué y cómo exigirle la creación un personaje interior que desarrolle durante todas sus escenas, si no sabe lo que ha vivido antes en la película, e incluso desconoce los acontecimientos que dirigen el estado de ánimo hacia esa última escena final?
La actuación niega y traba los principios de creación cinematográfica, la posibilidad técnica de descubrir un modo de expresión que Tarkovski consideraba como valor específico del séptimo arte: “Con la invención del cine, una parte del alma humana que permanecía hasta ese momento en la sombra, puede hallar su modo de manifestación lírica“. No era otra la dirección de sus películas. En cuanto se alargan los principios de actuación dramática todo está perdido. Esa parte del alma humana, ha sido el objeto y la finalidad de cada segundo rodado por Tarkovski. La dirección de actores de Tarkovski se caracteriza por la claridad con la que expone las líneas sobre las que los actores deben trabajar, y la obsesión hacia la no interpretación de los papeles, pero de una manera particular. Tarkovski ponía todo el mimo y cuidado en ellos, pues representan el vínculo humano con el espectador, son los hombres que Tarkovski utiliza para hablar del hombre. Vsevolod Meyerhold, director de actores de Eisenstein, consiguió expresarlo de este modo: “El hombre crea la obra de arte donde el hombre es lo principal, y se la ofrece al resto de los hombres. Esas personas consiguen ser ejemplos de formas de ser, a través de su papel, de un guión escrito al que deben dar vida.
El segundo elemento en el que Tarkovski confiaba a ciegas era el cine como herramienta de libertad discursiva, y predicaba la independencia del lenguaje cinematográfico al dirigir a sus actores, diferenciando el actor de cine del actor de teatro; quitándole a este primero todo vínculo con lo aprendido en los teatros, peleando por una actuación no dramática, que apelase al cinematógrafo como emisor y constructor de un lenguaje propio o como él prefería llamarlo “el verdadero principio de creación cinematográfica”. Le encantaba la anécdota de la primera filmación de los Lumière, cuando los espectadores huyen horrorizados de la sala de proyección porque un tren se abalanza sobre ellos; con la relevancia de ese detalle, anuncia el deseo de conmover al público, recuperar esa verdad, obtener una respuesta física de los espectadores. El contacto directo con el público era lo que más admiraba de la experiencia teatral: “El actor de teatro se expresa minuto a minuto. Nada hay más sublime que este marchar al unísono el actor y el público, cuando entre ambos crean arte. En definitiva, si no hay actor, no hay teatro”. Los años en que rodaba Tarkovski, fueron el despertar de una conciencia general hacia el lastre que suponía la teatralidad vinculada a la interpretación en el medio cinematográfico; el camino no fue sencillo.
En los primeros años de cinematógrafo, escenografía, iluminación e interpretación, estaban fuertemente influidas por el teatro y sus normas. Recordemos que en la Exposición de París de 1900 pudieron verse pequeñas filmaciones de ballet, teatro y ópera, películas dramáticas sonoras. Alberto Miralles sintetiza la hermandad y el antiguo conflicto entre cine y teatro: “El teatro intentó muchas veces abandonar el convencionalismo de su arte para crear espectáculos tan realistas, que con frecuencia se calificaban de cinematográficos. Por su parte, el cine ha buscado la esencialidad viva del teatro, mediante inventos que produjeran la sensación de que el espectador presenciaba, como en el teatro, espectáculos en vivo”. El actor era casi siempre la membrana utilizada para emocionar al público, sirviéndose el director de cine, como el de teatro, de la identificación entre actor y espectador. Pero estos dejan de ser válidos actores cuando tienen delante una cámara, como alertaba Bresson: “Cuanto más se acercan (en la pantalla) con su expresividad, más se alejan. Las casas, los árboles se acercan; los actores se alejan”. Durante esos años (1895-1927), en Moscú se crearía el gran foco de acción de las artes escénicas del s. XX, allí se dieron cita tres instituciones clave para la comprensión actual del mundo del teatro, la danza y el cine. Las aportaciones de los tres ámbitos repercuten de modo universal sobre las técnicas de interpretación, sobre el trabajo del actor, puesto que entonces arrancan una serie de investigaciones teóricas y prácticas sobre el comportamiento no verbal del actor y su desarrollo en escena.
Mientras las personas sean protagonistas inevitables en las películas, tal vez por una cuestión de respeto sea necesario advertir que algunos directores han intentado desvincular sus creaciones de las enseñanzas dramáticas que por lo común reciben los actores, y que tal vez sea posible reunir al menos algunos de esos intentos que aún no han sido recopilados.
 Así como el teatro se vio enriquecido con la llegada del cine -pues es un arte de cientos de años en constante asimilación de las otras artes-, mientras Tarkovski rodaba, el cine era acosado por las normas que dominaban el panorama de la interpretación teatral. Al ser el último arte en llegar, se le utilizó antes como herramienta reproductora de las otras artes que como fórmula magistral con poder, estética y razones suficientes para extraer el oro de su propia cantera. Si el teatro influía en las leyes del cine porque estas no estaban establecidas, todavía el arte de la interpretación en cine no se había distanciado de los aprendizajes teóricos y prácticos elaborados desde y para actuar en teatros. Durante toda su filmografía, desde los años sesenta a los ochenta del siglo pasado, Tarkovski fue uno de los directores, como Bergman o Kurosawa, que defendía en su trabajo una actuación cinamatográfica. Para él supuso un problema en los rodajes que sus actores fueran dramáticos. Desde cero. Tarkovski perseguía darle un alma de sus personajes, un alma cuya aparición sólo es factible utilizando el cine como herramienta de creación sin par.
Moscú capital de las artes escénicas. Con la incorporación del sonido, muchos actores y músicos se fueron a la calle, la pericia de los reyes del cine mudo no valía para este nuevo cine al que no tardaron en llegar, alrededor de los años treinta, los subtítulos y el doblaje para suplir el internacional lenguaje de los gestos. Establezcamos una diferenciación un tanto veloz que nos permita entender la raíz del arte interpretativo y sus influencias en el cine: existe un teatro de la palabra y otro del cuerpo, una interpretación que toma como punto de partida el lenguaje verbal o el físico. Troncos parlantes o cuerpos gestuales. Curiosamente este último, el teatro del cuerpo, se ha venido desarrollando durante el s. XX en países de habla no masificada: Odin Teatret en Dinamarca, La Cricot 2 de Tadeusz Kantor, El Teatro del Arte en Moscú.
En países de habla hispana o inglesa, el lenguaje escrito constituye la fuente de donde nace la representación. La mayor parte de las primeras y grandes obras semióticas de la historia de la interpretación, Artaud, Meyerhold, Grotowski, Stanislavski, Brecht, han sido escritas por autores-directores cuya lengua materna suponía un impedimento para llevar sus obras de gira por el mundo, son ellos los que han profundizado sobre la primacía del cuerpo sobre la palabra escénica. En contraposición a un París de principios de siglo colonizado por las artes plásticas, tenemos a Moscú como capital de las artes escénicas. Tres puntos cardinales han irradiado el panorama escénico internacional: por un lado la creación del Teatro del Arte, cofundado en 1898 por Dánchenko y Stanislavski; los Ballets rusos creados por Sergéi Diágilev en 1907; la aparición del VGIK (1919), Instituto Estatal de Cinematografía de la Federación Rusa, donde Andrei Tarkovski ingresaría en 1954 y cuna de cineastas como Einsestein, etc.
Tras la Revolución Rusa, el Teatro del arte, dirigido por Stanislavski, efectuará una serie de giras por Europa y Estados Unidos y dejarán huellas que inspirarán la futura creación de colectivos como el Group Theatre o el Actors Studio, dirigido por Lee Strasberg, donde estudiaron actores como Marlon Brando, Julie Harris, Paul Newman, Al Pacino o James Dean. Así llegó al cine la doctrina del director, actor y semiólogo teatral Stanislavski, cuando un par de actores -Maria Ouspenskaya y Richard Boleslavski- se descolgaron del Teatro del arte para quedarse en Norteamérica y promover durante la década de los años treinta las enseñanzas de Stanislavski. En el terreno cinematográfico, el Método creado por Stanislavski -o la versión introducida por el Actor´s Studio-, fue el sistema de interpretación vigente hasta principios de los años setenta, cuando algunos directores, como Tarkovski, comenzaron a necesitar otro tipo de actores para sus personajes.
Tarkovski trataba de conseguir que los actores no siguiesen un método de interpretación como el de Stanislavski y su Construcción del personaje, que si bien fue uno de los análisis y métodos más elaborados del s.XX para la interpretación de obras teatrales, en el cine constituía un obstáculo para lograr que los actores entendieran que no hay que estar sujetos a unas vivencias pasadas, ni trabajar la emotividad o construir un personaje antes de salir a escena: “Es absolutamente fundamental- declaraba Tarkovski- que el actor de cine nunca se plantee las preguntas habituales y adecuadas para quien interpreta en el teatro, ¿por qué? ¿Para qué? ¿Cuál es la clave de la imagen? ¿Cuál es la idea que subyace a la secuencia? En las URSS, donde los actores de teatro han sido educados en los principios de Stanislavski, estas preguntas son casi siempre inevitables”
Los investigadores de técnicas interpretativas físicas, un estudio del silencio verbal o muscular, surgieron de Moscú y otros países de lenguas minoritarias, tal vez, con el objetivo de hacerse legibles donde la lengua era incomprensible para el público. En relación al cine de Tarkovski, advertimos que el silencio de las imágenes y los diálogos, las pausas y las miradas, no demuestran un interés por parte del director de hacerse comprender a ojos de nadie, pero no es casualidad que en su filmografía, los momentos sin diálogo conformen una especie de esperanto de la imagen fílmica.
Subtexto y pausa sicológica. Constantin Stanislavsky creó su propio sistema de interpretación, apodado como realismo psicológico, en el que promovía una serie de lecciones y ejercicios para que el actor utilizase el mundo emotivo personal reviviendo estados y experiencias anteriores que le ayudasen a proyectar de forma convincente sobre el público el estado sicológico del personaje. Dos ideas principales de sus investigaciones deben ser recordadas en relación al modo en que Tarkovski se relacionaba con sus actores: -bien por su rechazo- la noción de subtexto, -bien por su acercamiento- la diferenciación que Stanislavski establecía entre pausa lógica y sicológica.
Por subtexto del personaje, Stanislavski se refería a aquello oculto y escondido que el actor debe saber mostrar en escena, de manera que sus actos sean como el vértice de un iceberg cuyas tres cuartas partes permanecen sumergidas: el subtexto, escribía Stanislavski en La construcción del personaje: “Es la expresión manifiesta e interiormente sentida de un ser humano en el personaje, expresión que fluye ininterrumpida bajo las palabras del texto y que les proporciona la vida y una base de existencia”. Odette Aslan aclara el término: “No se trata en ilustrar las palabras del texto. El comediante, cuando pronuncia las palabras: el tiempo es bueno, piensa: te amo. Y cuando dice: te odio piensa: quiero hacerte daño. Su adiestramiento consiste en pensar una frase y pronunciar otra. Utiliza “un medio” que da un resultado para el público, sin que haya nunca identidad entre el medio y el resultado. El subtexto, recusado y problemático para Andrei Tarkovski, consistiría en desarrollar el sentido no literal de las palabras y del contenido de la frase o del discurso.
Tarkovski, al contrario, solía utilizar el sentido literal de las palabras, el mensaje aparece directo en la boca y el cuerpo de sus actores, no les pedía que demostraran con claridad una segunda intención en sus palabras. Natalya Bondarchuk -Hari en Solaris-, hablaba sobre el modo de llevar a los actores: “Su modo de  dirigir a los actores estaba basado en una delicada vibración del inconsciente, difícil de detectar para un observador ajeno a este trabajo. Durante los ensayos, podía venir inesperadamente hasta donde yo estaba a interrumpir mi actuación dramática para decirme algo que parecía un comentario absurdo,  -¿Ves? -me decía Tarkovski- Ella está hablando como si diera un portazo al cerrar las puestas de un armario. Las palabras no significan nada Y, por favor, no interpretes nada!”: - Habla como un choque de objetos, no como si te estuviera pasando algo. No hables como si te sucediera algo parecido a lo que te va a suceder, sino con la calidad de los ruidos, las imágenes, todo aquello que no está directamente relacionado con las emociones, sino con los objetos y la materia inerte, los colores, los ruidos. Sus actores pronuncian monólogos, como si hablaran en voz alta, y sus gestos no desmienten sus palabras. Cualquier subtexto o verdad sumergida  desesperaba a Tarkovski.
Vsevolod Meyerhold -tránsfuga del método Stanislavski después de haber trabajado en el Teatro del Arte- apuntaba la importancia del silencio verbal: “La verdad de las relaciones humanas está determinada por los gestos, las poses, las miradas, los silencios”; afirmación próxima a las ideas de Tarkovski cuando decía que el significado de la escena no se podía encontrar en ningún caso en las palabras, en el texto que pronunciaban los personajes. 
Dentro de la función teatral, según Stanislavski, el actor durante su actuación ejercitaría dos tipos de pausas, las lógicas y las sicológicas: “mientras la pausa lógica da una forma a los períodos, a frases enteras de un texto, y a través de ello contribuye a su comprensión, la pausa sicológica añade vida a los pensamientos, frases y períodos. Ayuda a transmitir el contenido subtextual de las palabras; cuando asistimos a una pausa sicológica, se ven reemplazadas por la expresión facial, por movimientos apenas perceptibles que contienen una indicación. Todos ellos sustituyen a las palabras; la pausa sicológica consiste entonces en abandonar la materia prima del lenguaje sin que el sentido se desmorone. Si el lenguaje sin pausas lógicas es ininteligible, sin pausas psicológicas está muerto”. La pausa sicológica es un silencio fértil que sustituye a las palabras y, como él mismo termina diciendo, “no se presta a una expresión concreta”. En la pausa sicológica el cuerpo es literalmente el gesto y la actitud que queda a la vista. Silencios, actitudes, ademanes.
Así como al dirigir a sus actores Tarkovski rechazaba todo aquello subtextual en el diálogo, en las pausas del actor tampoco habría subtexto, porque no hay texto que reforzar, sino eso que con gran precisión describía Stanislavski como pausa sicológica: un silencio que no se presta a una expresión concreta. Nos quedamos con esa expresión no figurativa que nos acerca a Tarkovski, ahora bien, entendiendo el término como silencio, no como pausa. Ni pensamientos o emociones cruzadas deben pasar por la cabeza del actor en esos instantes. Parece que lo que Tarkovski pretendía era que ocupasen el silencio con silencio, no que lo rellenaran de otra sustancia, que callasen con el mismo vacío que debían contener los diálogos, nada, dicho a nadie. La tensión surge entonces de la mudez en pantalla, no en un rostro o un cuerpo. Aún hablando parece que los actores están callados, y callados, no paran de darle vueltas a una idea fija.

Tarkovski en el teatro. Uno de los primeros reproches hacia la utilización del sistema de Stanislavski era que el actor poseía la misma información sobre la situación y los acontecimientos futuros que el director de teatro. Tarkovski explica la inutilidad de este rasgo de identidad del Método al aplicarlo al cine: “Cuanto más analítica o cerebralmente crea el actor de cine que conoce el filme acabado, cuanto más haya estudiado el guión para anticiparse a su forma terminada, más empezará a interpretar el” producto final”, y al proceder así, negará el verdadero principio de creación cinematográfica”. Tal vez Tarkovski haya acudido a dirigir teatro para situar sus principios de actuación cinematográfica, en contraste con aquellos válidos en la interpretación dramática.
En 1975, después de rodar Solaris -al terminar El espejo y antes de Stalker-, Tarkovski decide pasar una temporada cerca del teatro, e incluso se plantea dirigir el Teatro del Arte de Moscú. Es entonces cuando lleva a escena Hamlet, y conocido el temor a que los actores resultaran falsos, Tarkovski estrenó diez días después del primer ensayo: “El actor de teatro tiene que construir su papel dentro de sí mismo, del principio al final, guiado por el director. Tiene que establecer una especie de carta de sus sentimientos, sujeta a la concepción global del drama. Pero en el cine, semejante construcción introspectiva del personaje nunca es admisible. No es el actor quién decide los énfasis, la concentración o el tono de su actuación, pues no puede conocer todos los componentes que van a construir el futuro del filme. Su misión es vivir… y fiarse del director”. Para que los actores mantengan la espontaneidad, como director de teatro, Tarkovski no les daba tiempo a que asimilaran o comprendieran su papel, todos los medios justificaban el fin: la espontaneidad, la restricción absoluta del conocimiento de aquello que quieren expresar, la toma de conciencia sobre aquello que van a decir y el modo en que se proponen hacerlo en escena. Meyerhold, de nuevo, ya lo había apuntado en su momento: “Las dos condiciones principales del trabajo del actor son: La improvisación y el poder de restringirse”
En su experiencia como director de teatro reconocía que el actor debe saber en todo momento qué es lo que pasa, tanto a su personaje como a la obra que representa: “Elaborados ya conceptos suficientemente claros para cada uno de ellos -decía Tarkovski hacia los actores dramáticos-, los actores tienen que introducirse en el diseño bosquejado, dentro del esquema básico. Es importante encontrar un lenguaje común con cada uno de los actores, el modo de transmitir a cada uno mis propias percepciones. Los actores tienen que poder ver todas las cartas boca arriba, aquí esto es esencial y a continuación hay que respetar el máximo la gran libertad que tienen (en el cine trabajo de un modo bastante distinto)”. Con mayor exactitud, en cine trabajaba al contrario, situaba las cartas boca abajo: “En ningún caso son necesarios en el cine actores que interpreten. Nos resultaría insoportables al instante, pues de antemano nos daríamos cuenta de adónde van, mientras ellos continuarían desmenuzando el sentido del texto en todos sus posibles niveles, sin darse cuenta de que nosotros ya nos habíamos anticipado a él”
Sobre la actuación de Jonatan Banionis, Kris en Solaris (1972), educado por el Método, Tarkovski señalaba: “Él procedía a construir primero su papel, a conocer la relación entre las secuencias, qué hacían el resto de los actores en las escenas en las que actuaba y en todo el film. Trataba, en definitiva, en ponerse en el lugar del director. No podía aceptar que, en el cine, el actor no ha de tener una imagen completa del filme, de la idea de este ya concluido”. El punto de vista omnipotente-presente del Método resultaba inválido por completo para actuar en cine, donde Tarkovski, por alguna razón, quería que los actores no interpretasen a nadie. Lo que Tarkovski rechazaba de los métodos de actuación presentes en su época, era lo que John Malcovich aclaró en una entrevista: “No soy un actor adscrito al método Stanislavski (…) El otro día me hablaron de un actor que había hecho eso tan manido de mezclarse con la gente sobre la que trataba una obra que hacía. A mí eso me parece la mayor tontería imaginable, porque con ello se asume que interpretar no es un producto de tu imaginación, sino la copia de algo real”. He aquí  la brecha, mientras la base del actor no se libre del concepto de mímesis, todo estará perdido. Así es que el camino para alcanzar al público por medio de la pantalla no es el aprendizaje de los sistemas de interpretación, sino el desaprender todo lo relacionado con la representación teatral.

Cine no aristotélico. Después de El espejo y de su experiencia en el teatro con Shakespeare, Tarkovski anuncia su voluntad de cambiar de estrategia narrativa y respetar las unidades aristotélicas de tiempo, espacio y acción: “¿Qué es lo sustantivo, aquello sin lo que no hay cine? Situar frente a la cámara tres personas sentadas en una habitación y registrar su comportamiento sin dinámica externa, sin cambio de localizaciones, sin dislocación en el tiempo”. Aquí es donde entra en juego otro personaje más que junto a Stanislavski, colabora a identificar el trabajo de dirección de actores en la obra de Tarkovski: Bertold Brecht, cuyo Principio de documentalidad de los actores le acercan tanto a Tarkovski, por el mismo camino que a Robert Bresson. Y es que los films de Tarkovski mantienen dos de los rasgos más identificativos de la acción dramática clásica y moderna; así como por un lado respeta a las unidades de tiempo, lugar y acción fijadas para siempre por Aristóteles, no consiente ni por asomo el concepto aristotélico de imitación en sus actores.
Pero las tres unidades de composición clásica no son el punto de partida de la “dramática no aristotélica” defendida por Brecht, sino la urgencia por fulminar, o al menos reubicar el concepto de imitación e identificación en el drama moderno: “ A nosotros nos parece del máximo interés social lo que Aristóteles impone como el objetivo de la tragedia –escribe Brecht-: la catarsis, la purificación del espectador del espanto y la compasión, gracias a la representación de acciones que provocan el espanto y la compasión. La purificación se produce por un singular acto psíquico, la identificación del espectador con las personas actuantes, que son imitadas por los actores. Definimos una dramática como aristotélica cuando provoca esa identificación, independientemente de que emplee las reglas establecidas para ello por Aristóteles o prescinda de ellas”
El Teatro Épico o Teatro no aristotélico surge a principios del s. XX de la mano del alemán Bertold Brecht. El Teatro Épico no apela al sentimiento sino a la razón del espectador, y la narración se establece como recurso principal. Para Brecht -como para Tarkovski-, el hombre es el objeto de su investigación; Brecht rechaza todo tipo de mimetismo con la realidad, los personajes no deben imitar bajo ningún concepto a personas reales. El modo de invitar al público a desarrollar un juicio personal, consistía en separar la acción y la emoción del actor, y por consiguiente, el efecto que  causaba en el público reforzaba la idea de formarse el espectador una opinión o un juicio de cara a los acontecimientos que en escena sucedían. Lo que distancia es la separación entre el que dice y lo que dice -pero no al modo de subtexto que Stanislavski defendía-pues entre la voz que habla y el texto habría un hueco, la relación entre ellos sería la separación que la descripción impone al expresar un suceso. La exposición detallada daría la impresión de estar dicha por otra persona y exenta de punto de vista. De hecho Brecht compara actuar y citar, ahí residiría uno de los secretos de la “técnica del distanciamiento”, hablar como si el personaje fuera de otro, situar tanto al espectador como al actor en la posición de testigos en el mismo juicio. Para Brecht el personaje es una persona inventada que el actor representa sin servirse de la identificación
Tarkovski se pronuncia, en una línea paralela a la distanciadora de Brecht: “Las experiencias del realizador tienen que ser transmitidas con precisión fotográfica, de manera que las emociones de la audiencia sean las de un testigo, o mejor aún, las del autor de las observaciones”. El Teatro Épico fue una de las primeras corrientes que reaccionaron al realismo sicológico de Stanislavski. Lo que tenían en común ambos directores era el deseo de frenar el exceso de emoción, alejar sus sistemas de aquella gran premisa aristotélica tan difícil de extirpar del acto teatral, pues se encontraba profundamente anclada entre las ideas preconcebidas del público que asistía al teatro: el concepto aristotélico de catarsis. Aristóteles nombraba así al efecto que causaba la tragedia en el público, el espectáculo debía producir sensaciones de compasión o terror cuyo objetivo era conseguir el mayor grado posible de empatía con el patio de butacas, de modo que los asistentes salieran del teatro purificados, en un estado de elevación espiritual que les acercase a una especie de comunión con los dioses y de comprensión de los ideales del hombre. Actor y espectador deberían involucrarse, fundirse en el mismo acto de comunión.
A diferencia de Stanislavski, la dirección del sistema de “distanciamiento” de Brecht señalaba antes el camino del actor en el medio cinematográfico, que en el dramático. Brecht buscaba otra forma de interpretación, a partir de la distanciación entre el intérprete y la sicología “documental” del personaje, tratando de alejarse del teatro aristotélico cuyo objetivo primero era la identificación del espectador con el personaje. En otras palabras, la puesta en escena de una dramática no Aristotélica es lo que Tarkovski escribe en sus anotaciones sobre la interpretación en cine: “No podemos espolvorear sobre el público nuestra emoción interior. La excitación que le produce al director la materia que trata, ha de estar sublimada en una especie de calma olímpica, a través de la forma. Éste es el único modo en que un artista puede hablar de cosas que le importan, que le emocionan; (…) ha de diluir su pasión en la forma que está creando. Porque exhibir los propios sentimientos es siempre vulgar(…) La magia y el secreto de de las grandes obras de resonancia metafísica, radica justamente en este principio olímpico de reserva, de fría observación”. Tarkovski al dirigir a sus actores, alentaba una ideología parecida a la no-aristotélica de Brecht; una actitud analítica, que torne reflexiva la experiencia de ir a ver cine y de donde el espectador pueda sacar sus propias conclusiones. En cierto modo ambos confiaban en el valor de su arte como “medio de educación ideológica” -en palabras de Tarkovski-. En el teatro uno, en el cine el otro.
Tarkovski planteaba sus directrices de modo parecido a la técnica de distanciamiento de Brecht. El director de cine declara sus intenciones: “Los actores tendrían que vivir los estados interiores adecuados a las circunstancias exteriores. Al actor de cine yo le pido que se pegue mucho a la realidad, que sea documental. Manifestación de emociones, explosión de sentimientos, gesticulación, todo eso pertenece al teatro pero está de más en el actor de cine. El secreto de un actor consiste en guardar todo en su interior, dentro del alma y expresarlo de un modo extremadamente lacónico y contenido”.
Versiones pormenorizadas de la mímesis aristotélica por doquier impiden a los actores desarrollarse cinematográficamente, si no hay que imitar, ¿qué hay que hacer? Tarkovski responde a nuestra pregunta: “El actor cinematográfico tiene que existir a la cámara con autenticidad, con inmediatez, en el estado definido por las circunstancias dramáticas en cada una de las secuencias de la película. Su función principal es vivir situaciones exactas, determinadas por la singularidad, la irrepetibilidad de ese preciso momento, y no la conexión con el resto de su vida, que es ya cosa del director”. Tanto Brecht como Stanislavski trataron de liberarse de cualquier principio que relacionase el arte de la actuación dentro de las artes imitativas, ¿es posible no imitar a nadie? ¿e imitar a nadie?
“A tus modelos -decía Bresson-: No hay que representar ni a otro, ni a uno mismo. No hay que representar a nadie”. No es otro el principio de creación cinematográfica al que aludía Tarkovski: nadie. La identidad de nadie. Si identidad consiste en responder a preguntas tales como quién soy, qué hago aquí, qué quiero o hacia donde me dirijo, los actores de Tarkovski suelen caracterizarse por la falta de preguntas, de hecho Tarkovski solo exigía de ellos respuestas derivadas de una atmósfera y una situación finita, como si cada toma fuera la última. Las consignas de Tarkovski: “Originalidad, expresividad irrepetible; este es el atributo esencial del actor de cine, pues solo así resulta contagioso sobre la pantalla”, sólo se conseguirían mediante un desconocimiento de la identidad del personaje y el acercamiento a la nuestra, la diaria. De ahí que Margarita Terékhova (actriz en El Espejo y en Hamlet) dijera que lo que a Tarkovski le interesaba de un actor era la esencia de la persona su constitución psico-física, Tarkovski no exigía nada a los actores, los elegía.
En Stalker llegó un punto en que los actores imitaban al director, en la forma de andar, gesticular o hablar. Erland Josephson -actor que trabajó también con Bergman, y protagonista de Nostalgia- recordaba en una entrevista: “No es que quisiera enseñarnos cómo deberíamos actuar; ni nosotros tratábamos de imitarle, pero su sola presencia en el plató bastaba para modificar la atmósfera de una secuencia. Sus movimientos, su manera de construir una escena, su postura frente a la cámara, al mostrarnos dónde habíamos de colocarnos, etc: toda esa actuación suya estaba llena de instrucciones y de información. No entendíamos ruso, pero le observamos a él con mucha atención: nos fijábamos en su cara, en su cuerpo, y aprendíamos mucho de él”. Sobra decir que las directrices de Tarkovski se acercan más al documentalismo del Teatro Épico de Brecht que a cualquiera de las variantes aristotélicas del drama moderno (Diderot, Artaud, Stanislavski, Actor´s, etc.). Tal vez deba nacer entre el actor y el público otra fórmula de empatía, no conseguida por medio de la identificación, o tal vez haya que dejarla descansar, a la empatía, por lo menos en el medio cinematográfico. Nadie hay detrás de Alisa Freindlich, en el papel de esposa de Stalker, nada sabemos de ella, no es necesario saber de dónde viene, ni ella, ni el papel que interpreta. Nadie, es el nombre del actor cuyos principios son de una vez por todos, de acción cinematográfica. No es posible hablar de imitación, ni de identificación, cuando debajo no se esconde un actor.
Tarkovski protagoniza un cine no aristotélico, ¿no es una profunda falta de identidad lo que Tarkovski le pedía a sus actores? ¿No es cierto que sólo desde la pérdida de esta, es posible volver a empezar, y que el objetivo de Tarkovski se cumple en la medida en que nos supera el vacío de identidad de sus actores, nos planteamos nuestro propio vacío? ¿De dónde parte ese vacío? de la acción sin actuación. La cuestión resulta tan aterradora para el espectador como el pánico que debieron experimentar los asistentes a la primera filmación del tren de los Lumière .

Las muecas del paisaje. Una vez asumida nuestra dificultad para no sicologizar las imágenes, debemos encontrar un lugar donde poner a remojo el subconsciente, el subtexto, etc. todo lo escondido o invisible en apariencia. “Modelo –como le llamaba Bresson a sus actores-: Dos ojos móviles en una cabeza móvil, ella misma sobre un cuerpo móvil". Fuera sicologías del personaje, localizaciones invisibles. Después de su paso por el teatro, antes de Stalker, Tarkovski planteó una nueva orientación en sus películas: “En el rodaje de mi próxima película me esforzaré aún más para conseguir planos verídicos, convincentes. Partiré para ello de las impresiones inmediatas de los exteriores, en cuyas peculiaridades también quedan grabadas las consecuencias del paso del tiempo. El realismo es una forma de vida de la naturaleza del cine. Cuanto más naturalista es la naturaleza que se introduce en un plano, tanto más dignidad tendrá esa imagen: dar alma a la naturaleza resulta algo connatural en el cine”
Es posible que la actitud del personaje se encuentre en lo que le rodea. Circundado, él no representa a nadie. Es el paisaje quien gesticula. Fíjense en Stalker cuando los actores están quietos, siempre algún elemento de la naturaleza se mueve, hace ruido, agua, árboles… y viceversa, los cuerpos hablan y se mueven cuando el terreno permanece en calma. En el cine de Tarkovski existe una continuidad, el personaje detenido no cede a la falta de movimiento, sino que más bien lo hace visible no en su figura, sino en el fondo sobre el que se aparece. La escena de Stalker, cuando los tres hombres se encuentran tumbados en el paisaje: todos integrados descansan en silencio, la Zona respira a su ritmo. La intérprete de Hari en Solaris, Natalya Bondarchuk recordaba en una entrevista “Lo que a nosotros nos pedía era sinceridad total y economía de emociones. No perdonaba la más mínima insinceridad. Todo había de estar subordinado a la atmósfera que él creaba en cada secuencia. Lo que más cuidaba Tarkovski era el preciso equilibrio entre el ser del actor y su estado de ánimo. Nunca permitía nada que no sirviera para la construcción de esta atmósfera!”. Así lo explicaba el propio Tarkovski: “Para mí las únicas cosas visibles antes del rodaje son el estado interior de la escena y la psicología de los personajes. Pero todavía no sé en qué molde van a ser vaciados. Voy al plató para descubrir el medio de expresar ese estado. Y cuando ya lo he descubierto, empiezo a rodar”. Lo único que tenía claro era el clima, las imágenes vendrían en el momento oportuno. Confianza, al fin y al cabo es lo que Tarkovski le pide a los hombres, lo que él pide a los hombres a través de sus actores, la característica de cada uno de sus personajes: “Porque me has visto, has creído: dichosos los que sin ver creyeron”.
Si el momento no se daba, la luz, la lluvia, un vestido, no se rodaba. En ocasiones uno tiene la impresión de que Tarkovski quería vaciar al actor de cualquier posible personaje para poder actuar con los fondos, el paisaje. En el making off de Andrei Rublev, vemos a Tarkovski hablando con Solonitsyn antes de empezar a rodar, una vez comentadas las directrices, Solonitsyn se dirige hacia el lugar donde comienza la toma y echa andar, del mismo modo que andaba cuando se dirigía hacia su puesto, después de hablar con el director. Rublev camina como Solonitsyn, y no al revés. La fragilidad era la característica sicológica que Tarkovski parecía buscar en un actor. De ese modo resultaba más sencillo impedirles que se construyeran una identidad figurativa, reconocible, limitada, y procurar sugestionarlos hacia un estado apsicológico determinado. Tarkovski moldeaba sus personajes sobre la inestabilidad del estado de ánimo, del desconcierto de no saber quiénes son, solamente lo que les va a ocurrir cuando la claqueta se cierre: Acción. Y es que el hombre de la pizarrilla dice acción, no actuación. Una persona humana lo es hasta que se le pide que lo sea. No hay que andar como otro porque haya una cámara dispuesta a congelarte, Tarkovski quería que anduvieran como ellos. La presencia de miradas en el teatro, o de la cámara en el cine, interrumpe, inoportunamente, el flujo normal de los actos y de las palabras. Anatoli Solonitsyn, el personaje de Rublev expresaba su confusión: “- Actuar en el cine es el mayor y más perfecto sinsentido. Cuanto más real resultes, mejor. Tienes que vivir, no que actuar”
Incluso podría hablarse de una Sicología del paisaje o Construcción del fuera de campo, lo que está detrás de la cámara, como una capa, envuelve la pantalla: eso es lo que entendemos por atmósfera. El alma, el clima de un film se encuentra en el fuera de campo. En las películas de Tarkovski, los paisajes están construidos de lo que no se ve, pliega el fuera de campo sobre la pantalla, cada imagen es como una carta lista para enviar. Atmósfera es un momento elegido durante el rodaje, consiste en filmar tan solo una pequeña parcela de los trescientos sesenta grados que rodean a la cámara y que esa imagen contenga aquel presente. En Stalker, por ejemplo, parece que el paisaje imita el estado interior del hombre y el hombre no imita nada. El lugar donde se refleja el estado anímico del actor es el fondo, el resto de imagen donde él no aparece. “Cuando empezamos a rodar -recuerda Erland Josephson-, surgieron algunas dificultades. Como Tarkovski quería evitar cualquier exceso de expresividad en la interpretación, rechazaba en nosotros, los actores, todo lo que pudiera forzar al público a interpretar lo que nos está ocurriendo interiormente. El público, según él, había de tener su propio papel en la recepción de lo que nosotros comunicábamos. Algo de esto era lo que yo había visto en Stalker, pues en esas tomas tan largas, el objetivo, que no estaba cerca de los actores, no se interesaba por ellos individualmente, sino como partes integrantes del paisaje, de la imagen global” –como si existieran para ella de una manera muy positiva y real”
Actor es sinónimo de paisaje, fondo de figura, dentro de fuera, los elementos pertenecen al mismo plano de importancia. La palabra, en el caso de Tarkovski, la emite la naturaleza o los seres inertes: “El cielo –dice Tarkovski- no tiene para mí ningún sentido simbólico propio; no existe más que en sus reflejos sobre la tierra, sobre los charcos de agua, sobre todo aquello que me interesa y me importa. Sea como fuere, yo amo la tierra, el suelo empapado de agua, el elemento de donde nace la vida”. Tarkovski le cede la palabra a lo que no puede hablar, algo de impotencia hay en sus paisajes, parece que están secuestrados en todo lo que calla el actor.
El silencio del actor le cede la voz al paisaje, a la escena ¿Quién calla y quién habla, de quién la voz o la polifonía? Como Bresson definía en sus Notas: “Parloteo visible” de los cuerpos, de los objetos, de las casas, de las calles, de los árboles, de los campos”. Parloteo, afasia o la mudez del caballo o la campesina en Andrei Rublev, en la hija de Stalker. O el largo triálogo final de Stalker ante la puerta del cuarto de los deseos, la voz es de cada uno, ¿pero quién la dice y a quién se dirige el discurso? El guía, el escritor y el profesor pudieran ser la misma voz que se habla a sí misma, en voz alta. Alexander Kaidanovsky, Anatoli Solonitsyn y Nikolai Grinko, los tres actores de Stalker, tienen los ojos del mismo azul. Los actores parece que no dialogan, sino que en ocasiones se pasan la palabra, exteriorizan sus verdades demasiado íntimas, piensan en alto. El peso del texto, fluye como una suerte de juego de malabares, en el que el director mantiene todas las bolas en el aire. Los personajes cambian de un lado a otro, como esas bolas que pasan de mano en mano y que no pueden caerse; personificaciones, intercambio de papeles, trasfusión de rostros entre los decorados y los paisajes, los cambios climáticos del actor.
Iconoclastia. Romper las imágenes, desgarrar, fragmentar, destruir al actor, esconder su imagen, prohibir el mínimo gesto dramático. “En el fondo, lo que hay que conseguir es que el actor se halle en un estado anímico que no se pueda representar”, tal era el objetivo declarado por el propio Tarkovski, algo desconocido, descubierto por primera vez. Un estado anímico inimaginable hasta el momento de la captura de imágenes.
Leyendo las advertencias y consejos de Tarkovski hacia sus actores, tal vez sea posible establecer unas líneas de acción en su filmografía, cuyos rasgos de identidad comienzan allí donde no hay nadie a quien hacer hablar, sentir o involucrar emocionalmente. Nadie: una figura, un regalo abierto a la cámara en acción. Vitorio Gassman se despedía en una ocasión “quisiera decir que el cine también tiene sus peligros, como el teatro. Es un peligro de otro tipo, claro está: el riesgo de ser conocido por lo que se es. En mi opinión, el cine es una radiografía del carácter de quien se detiene, de forma más bien prolongada, delante de la cámara. El teatro es un arte del enmascaramiento, el cine es una técnica de revelación”. El actor de cine se expone demasiado; en palabras de Tarkovski: “A través del ritmo, del movimiento adecuado, pero nunca del diálogo teatral, el cine revela la persona”. Cabe pensar cuál es el espacio de los diálogos en la filmografía de Tarkovski, ¿hablan esos hombres que están frente a la cámara? ¿O habla la cámara?
Cuando Stalker o Rublev miran a la cámara no piensan en algo reconocible, miran por separado a cada espectador, cosa que no ocurre en el teatro, la mirada del actor sólo puede aplicarse sobre un minúsculo espacio de entre todo el patio de butacas. La cuarta pared del teatro no es la del cine. La cuarta pared, aquella que el actor rompe para interpelar al patio de butacas, abandonando unos instantes su papel, es una lente circular. Al romper la cuarta pared que es la cámara cuando nos mira a cada uno, el vacío de identidad del actor que mira se difumina con la ilusión del espectador por ser alguien mirado. En tal caso, sería el espectador quien dota de sicologicidad, profundidad, al personaje, porque ellos no esconden, sino que los escondidos son los espectadores. El receptor observado hace del cine una experiencia tridimensional. Recordemos de nuevo la anécdota que le encantaba a Tarkovski sobre el pavor del público ante el atropello del tren de los Lumière.
Las películas de Tarkovski son un ejemplo de cómo el director apuesta por la ruptura de las imágenes interiores para el actor de cine, tan alejada de la formulación y el conocimiento de las vivencias del personaje antes de actuar: “El estado interior de un personaje no puede resultar demasiado claro, ni fácilmente legible. En la interpretación de ese estado interior, siempre hay que dejar algo en secreto. Ello lo lograremos, en parte al menos, si nos alejamos de toda posible exageración. Muchos intentos de conmover al público acaban produciendo filmes que enfatizan exageradamente las emociones”. Pongamos que el personaje que interpreta un actor es una frase con predicado sujeto y verbo, quitémosle el sujeto, el personaje quedará incompleto, suspendido. El enunciado debiera ocultar la mitad de lo que quiere mostrar; omitir el sujeto, el hombre. El verbo y el enunciado bastan. Encontramos un ejemplo recopilado por Bresson en sus Notas: “Un día atravieso Notredame y me cruzo con un hombre cuyos ojos perciben detrás de mí algo que yo no puedo ver, y de golpe se iluminan. Si yo hubiese visto al mismo tiempo que el hombre, a la joven y al niño hacia los cuales fue corriendo, ese rostro feliz no me habría impresionado tanto, tal vez ni siquiera habría reparado en él”. El fuera de campo esconde lo que es legible y muestra lo que no es verbal, la atmósfera que buscaba Tarkovski estaba detrás de la cámara, a los lados. La imagen filmada debía contener el click de los trescientos sesenta grados que rodeaban a la cámara en ese preciso momento. El actor no aparece como eje de esa atmósfera, sino la cámara; la protagonista de la película no aparece dentro del material filmado.
Rotas las imágenes interiores del actor, la cámara de cine puede reproducir las suyas propias. “Para mí, -comenta Tarkovski- los actores se dividen en dos categorías: los que interpretan un papel dramáticamente establecido por el guión y aquellos que interpretan los estados del alma de los personajes, es decir, unos papeles no escritos porque no es posible escribirlos”. El guión ocupa un espacio cada vez menor cuando se utiliza la cámara como herramienta primera de registro, sin estar condicionada por completo al texto escrito, como ocurre en teatro; otras deben ser las líneas de fuga de la dirección e interpretación ante una cámara que registra con exactitud fotográfica lo que está delante y detrás del objetivo, invisible y presente, que difumina los gestos y expresiones faciales. Mientras la base de la actuación se asiente sobre la fidelidad de los actores a un guión, como en teatro, la cámara no podrá actuar. Una vez vaciados los actores de cualquier planteamiento dramático, es posible establecer un orden de interpretación cinematográfico: consiste en atribuirle a la cámara la posición de privilegio del primer actor. El modo de que el cine se aleje de su lastre escénico debe comenzar ahí, cediéndole a la cámara aquello que es su hábitat primero, su naturaleza, funcionar como útil trazador, como un lápiz sobre un papel. La cámara es el lápiz del cine y los folios escritos, son las imágenes capturadas. En su mayoría, la historia de la representación occidental ha consistido en dar vida a los personajes. Tener un determinado papel en una obra de teatro, en principio, no era más que eso, transcribir al cuerpo lo que está escrito en el papel. Tarkovski luchaba contra esa transcripción que consiste en traducir a imagen lo que está escrito en el papel. Las personas ya están vivas, si hemos de revivirlas doblemente conforme a una pauta imaginada por medio del lenguaje escrito, el resultado será el tipo de actores inválidos para Tarkovski, aquellos que interpretan dramáticamente un papel establecido por el guión.
Aquello que no es posible escribir, es una partitura con imágenes. No hay dirección de actores allí donde se sitúa un sujeto en una casa; el interior, todos los utensilios y muebles, tienen la misma capacidad de sugestión que la identidad de un rostro. Fondo y figura se interrelacionan, se comunican y toda la imagen está en marcha. Matisse en su Notas expresa el principio de la imagen cinematográfica “La expresividad no reside en la pasión que está a punto de explotar en un rostro. Se encuentra extendida por todo el cuadro”. El protagonista no es actor en la película, es un objeto. El cíclope. Habla la cámara, el tercer ojo. Hay que señalar que el actor que siempre aparece en todas la películas de todos los directores es la cámara. El movimiento de la cámara es actor.
Aún delante del objetivo, los personajes no existen si nadie actúa; la representación brilla por su ausencia cuando se documenta un cuerpo empapado de los exteriores donde se rueda la película, en el momento oportuno. Para los diálogos hablados o los que ocurren en silencio, basta fiarse del director, dibujemos las premisas de Tarkovski para sus actores:
1.- No construir al personaje interiormente
2.- Mantener escondida una parte del enunciado
3.- El guión escrito es un apoyo, una idea, no la fuente de donde procede el papel del actor.

Como si Rublev destruyera todos los iconos que pintó durante su travesía medieval, Tarkovski acabó con la interpretación dramática en sus siete películas, logrando distanciar al teatro del cine por medio de la puesta en marcha de sus actores el día del rodaje. Cada uno de ellos, todo verbo y enunciado. Stanislaw Lem escribía en Solaris, “No pienso en dioses nacidos del candor de los seres humanos, sino en dioses de una imperfección fundamental, inmanente. Un dios limitado, falible, incapaz de prever las consecuencias de un acto, creador de fenómenos que provocan horror. Es un dios… enfermo, de una ambición superior a sus propias fuerzas, y él no lo sabe. Un dios que ha creado relojes, pero no el tiempo que ellos miden. Ha creado sistemas o mecanismos, con fines específicos, que han sido traicionados. Ha creado la eternidad, que sería la medida de un poder infinito, y que mide sólo una infinita derrota.”. Tal vez ese dios sea la cámara cinematográfica.
Después del visionado de sus películas, hemos topado con toda una Historia de la interpretación que nos alivia porque apreciamos nuestra idea. Necesitábamos encontrar el diseño que nos diera la razón, o algo parecido; hemos superado un obstáculo y concluimos: las ideas no son mágicas. Tarkovski sabía que el actor de cine era la cámara, y tal vez por eso trataba continuamente de vaciar a sus personajes, pues la que tenía que ser alguien era ella. Si los actores no son nadie, la cámara será la protagonista. Así el cine se independiza para siempre del teatro, ella es la única que no representa ni imita ningún papel; una obra cinematográfica, como él decía, es ante todo algo que no podría existir en otra forma de arte ¿Para qué conseguir un estado anímico que no se pueda representar? Para que la cámara sea. Estamos perdiendo el tiempo. (Fidelidad a una obsesión, Abada, 2009)

domingo, 19 de abril de 2009

A favor de las apariencias


Angela Strassheim
Sin título (Dead Grandmother, 2004)


Nada de lo que hemos visto se encuentra en su lugar; las ideas fuera de la forma, las obras de arte lejos de la presencia física de las piezas, las imágenes sobrevolando a las imágenes. El espacio se bifurca en dos exposiciones que beben de las piezas que el museo atesora: “La mancha humana”, lección abierta sobre arte conceptual organizada a través de piezas magistrales de Dan Graham, Joseph Kosuth, Buren, hasta Liam Gillick etc., y “Pequeña historia de la fotografía”, estructurada a partir de los criterios clásicos de retrato, paisaje o naturaleza muerta, con otros tantos grandes nombres e imágenes al frente, John Coplans, Douglas Gordon, Erwin Olaf, Ben Watts o Tacita Dean. Tanto el arte conceptual como la evolución del medio fotográfico contaban entre sus objetivos reestructurar la percepción, educar el sentido de vista. Semejante es el acierto de quienes han ido alimentando la colección del CGAC, que ahora muestra su potencial para generar lecturas y visiones contemporáneas, nuevos trayectos enlazados a partir de sus fondos. Cada obra un mundo, y los dos conjuntos hacen un total de sesenta piezas representativas de las obras de arte conceptual y de fotografía que posee el centro. Ambos comisarios filtran las obras en depósito y reaniman la colección actualizando sus principales líneas de fuga, y contamos dos apostillas a cada uno de sus discursos.
Ellen Blumenstein, comisaria de “La Mancha Humana”, escribe sobre la obra de arte conceptual como una “desvalorización de la apariencia en favor de la idea” cuando quizá sería más acertado señalar que el camino trazado por el arte conceptual hasta nuestros días, podría suponer una elegía a las apariencias, pues ya la experiencia está limitada a buscar oro detrás de lo que vemos. A favor de la idea quiere decir a favor de las apariencias; ya en griego el vocablo idea remite a “lo que se ve con los ojos”, y es en la década de los sesenta cuando los artistas conceptuales hacen coincidir en la misma línea de horizonte, la visión y su reverso. Las ideas son imágenes que derivan de una forma visible, la obra de arte se sitúa en la matriz de la imagen. Resulta posible entender el arte conceptual como una corriente propulsora de imágenes formuladas lejos del cuerpo de las obras. Lo que se ve con los ojos del cuerpo cuando nos situamos ante una obra de arte conceptual, son apariencias que no engañan, o la verdad de las ideas expuestas.
Los retratos que componen “Pequeña Historia de la fotografía” podrían catalogarse como naturalezas muertas, los bodegones y los paisajes como retratos, la definición de los géneros resulta forzada desde el momento en que, como el propio comisario señala, la fotografía pasa de ser un proceso técnico de la imagen, a “objeto teórico”. El entrecomillado es nuestro, provocado por la relación del adjetivo teórico utilizado en ese sentido; la teoría se plantea como un ámbito, una plataforma de estudio, reflexión o desarrollo conceptual a partir de referentes, signos y criptas. Distinta es la naturaleza del intelecto, el fotógrafo no teoriza por ir más allá del motivo fotografiado. Como cualquier mecanismo de creación, la fotografía destila inteligencia a través del decir por medio de imágenes, unas visibles y otras no, y cualquier obra de arte se enmarca en un campo semántico donde la inocencia no pasta.
La historia de la fotografía evolucionaba de cara a las ideas, el conceptual, al contrario, comenzaba en la idea y así le figuró un destino a las imágenes, el de vivir en un planeta donde las representaciones no descansan. Si el centro de la pieza no está en el cuerpo de la misma, es posible entender la obra de arte conceptual como un elogio a las apariencias; cualquier fotografía también, hemos aprendido a rastrear. La una como género y la otra como corriente artística fechada, ambas son el aspecto formal de lo que anuncian y lo que quieren decir no ha lugar en la tierra. Hay otro mundo al que acceder más allá de la presencia de las obras, germina en el núcleo de las apariencias, de las imágenes dislocadas. Si la distancia se calcula en kilómetros, el camino de la obra de arte a la idea se mide en minutos o décimas de segundo. (ABC, El Cultural)

jueves, 9 de abril de 2009

LUISA LAMBRI. Fotografiar la luz




Con los lavados, la ropa blanca se oscurece y la negra se aclara. Con la luz los espacios blancos se oscurecen y los negros se aclaran. La luz parece estar dentro de los materiales y también fuera ellos; esta segunda opción modela el trabajo de Luisa Lambri (Como, Italia, 1969). Su obra nos recuerda que la luz proporciona una forma y unos límites a los espacios mientras permanecen iluminados, pero si abrasamos con un foco una esquina, o una pared, la superficie física se volverá uniforme, incluso opaca.
El motivo del trabajo fotográfico de Lambri en la Fundación Rosón circula en torno a la arquitectura de Álvaro Siza: el CGAC, la Fundación Serralves o la Facultad de Periodismo de Compostela. En sus creaciones, tanto Luisa Lambri como Siza parecen subordinar el espacio y la materia al valor de la luz como material de construcción. El pensamiento de ambos es lumínico, como afirmaba Siza “Es tan importante la luz como la materia, como el muro. Constituye la lucha entre materia y espacio”. La inestabilidad de la luz remodela los lugares a merced del tiempo, la hora del día o el foco halógeno, por eso Álvaro Siza la caracteriza como lucha, tal vez porque trabaja con ella obligatoriamente y a la hora de construir edificios resulta indomable. En Lambri es calma, vínculo y solidaridad entre las superficies materiales, quizá porque el fotógrafo no depende de la luz, sino que la hace depender de él.
El trabajo de Lambri no debería enmarcarse dentro de la fotografía arquitectónica; podríamos encasillarla en ese género si la luz ayudara a corporeizar el interior de las construcciones que toma como referencia. Pero en la exposición apreciamos que también puede destruir lo iluminado, matizando los bordes de la materia con sutiles oscurecimientos o luminosidades que no remiten más que a la luz como portadora de forma. Al tiempo que su exceso destruye los espacios, los liga en un solo plano de importancia, reúne las superficies y las tres dimensiones desaparecen bien por exceso de claridad, bien por falta de ella.
Lambri presenta en La Fundación Rosón series de fotografías que subordinan los espacios a un destello blanco. La arquitectura de Siza queda atrás en este trabajo, la protagonista es la calidad que la luz proyecta sobre las esquinas o los rincones capturados. Sobreexpuestas, quemadas en ocasiones, las imágenes podrían ser de la propia Fundación donde se exponen, de una casa blanca u otro museo que no fuera de Siza. Podrían ser muros blancos, papeles vacíos o fotografías de dibujos a grafito. En una de las series vemos una esquina donde coinciden varios planos de una habitación, a modo de círculo monocromático. En otra, entrando por el lado derecho de la imagen, la luz erosiona una pared blanca y el suelo de mármol, fundiendo el límite entre el plano vertical y el horizontal; es una pared de la Serralves de Porto, pero podría ser una pared de otro lugar. Cualquier disculpa es buena para fotografiar la luz.
Las secuencias viven de esos pequeños cambios y vibraciones de intensidad. Se diferencian entre ellas por la artificialidad de la puesta en escena, la luminosidad dirigida sobre el espacio vacío y las gradaciones de claroscuro donde sólo un dedo basta para construir las imágenes: el que enciende un foco y el que pulsa la cámara. Las dobles intenciones no han sido invitadas a la inauguración de la primera individual de Lambri en nuestro país, todas las obras son Sin título. El nombre conformaría, en este caso, un pantano de información que apagaría el motivo principal: la luz revela la luz, no el espacio iluminado. (ABC, El Cultural)

sábado, 3 de enero de 2009

OBSERVAR EL ESPECTRO. Mínima historia del asombro


Mis ojos se han vuelto el hazmerreír de mis demás sentidos, o si no, valen más que el resto: te sigo viendo

Macbeth, William Shakespeare



*
“Es preciso que yo haga las obras del que me envió mientras es de día; venida la noche, ya nadie puede trabajar”. Por la noche se duerme, se sueña o descansa. Macbeth fue acosado por una horrible figura, un puñal de la mente figurado a media noche:
- “Ahora, sobre una mitad del mundo, la Naturaleza parece muerta, y perversos sueños engañan al que duerme entre cortinas”, rumiaba. La noche crece y sus espectros amenazan al culpable en forma de fantasmas, horribles visiones. “¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, has creído: dichosos los que sin ver creyeron”
El protagonista del drama de Shakespeare percibe un puñal, sin embargo no forma parte del tipo de visiones que Jesús defendía; hay visiones de noche, de día, todas válidas. Las diurnas son hijas de la luz; las nocturnas de la oscuridad, sus clamores y oficios. Por el día Jesús se aparecía a sus discípulos, por la noche, Macbeth y su esposa eran castigados por obrar entre tinieblas.

*
Mínima historia de las sombras. Una sombra es la figura arrojada por una forma visible cuando la luz reposa en ella. Tras la sombra como auriga, con ella avanzan su comparsa: sombrío, asombrado, asombroso. Por orden: Sombrío: oscuro, viscoso, segundas intenciones, oculto. Asombrado: hombre maravillado, deslumbrado, perplejo, alguna sorpresa le inunda. Asombroso: algo que causa gran admiración o extrañeza, acto u objeto inimitable, sin posible justificación ni explicación causal satisfactoria, brillante.

*
“No te tengo, pero te sigo viendo”: la imagen se mantiene si es irreal, figura de otra figura y sombra. Macbeth, perturbado por el miedo y la ambición, se funde inútilmente con su reflejo. Le persigue la idea de un arma mortal, la imagen de su filo, “y en tu hoja y en el puño hay gotas de sangre que no había antes. No hay tal cosa: es esa cosa sangrienta lo que lo forma así ante mis ojos”

*
Sea el cuerpo que sea, brillante o sombrío, es un prodigio. “Caminad mientras tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas, pues el que camina en tinieblas no sabe por dónde va. Mientras tenéis luz, creed en la luz, para ser hijos de la luz. Esto dijo Jesús, y partiendo se ocultó de ellos”: lo redacta san Juan, aquel que da nombre a la noche más corta del año. En la última aparición de Jesús a sus discípulos, juntos comen pan y pescado en una playa; el mismo Jesús es un espectro, que anuncia buenaventura, cura del pecado y trae la paz. Su figura aparece de día, su rastro es divino y luminoso a los ojos de quienes le aman. La Biblia consiste en un espectro genético a lomos del hombre, donde quiera que vaya, su espectro lo indican los siete pecados capitales; Jesús se oculta de la sombra para ir hacia la luz, pero se oculta de la sombra que él mismo ha creado.

*
“Y el juicio consiste en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo el que obra mal, aborrece la luz, y no viene a la luz, porque sus obras no sean reprendidas. Pero el que obra la verdad, viene a la luz, para que sus obras sean manifiestas, pues están hechas de Dios”. La luz nunca ha sido el material de las palabras, es por su inquietud y rumor que tienen un sentido; la Biblia precisamente es un ejemplo de oscura luminosidad, en ella se alaba la claridad, sin dar un argumento firme que nos permita saber si su historia es hija de la luz o de las sombras. “La imagen de que la gente tiene pensamientos inconscientes posee encanto. –escribe Ludwig Wittgenstein- La idea de un submundo, de un sótano secreto. Algo escondido, misterioso... Estamos dispuestos a creer un montón de cosas porque son misteriosas”. En la Biblia -manantial de espectros donde los haya-, las palabras nos dan el claro ejemplo de unidad entre la visión y su pecado: el espejismo. Tanto el puñal de Macbeth, como las apariciones de Mateo, Marcos, Lucas o Juan, denotan una cierta preferencia por lo que se revela, apabulla e indica el camino. Las palabras, portadores de imágenes, son ya espectros. “Todavía más: si en la creencia religiosa hubiera pruebas todo se derrumbaría”, continuaba Wittgenstein. Los espectros son como huellas que no dejan rastro, límpidas representaciones humanas y taciturnas. Se revelan sin permiso. ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza? escribía Borges en el poema titulado Ajedrez. En el banquete aparece el espectro de Banquo y se sienta en el sitio de Macbeth. Sólo el rey puede ver al fantasma, con el que dialoga, al tiempo que su mujer intenta disculparle ante los comensales,

MACBETH: Por favor, mira ahí: observa, mira, mira, ¿qué dices? Ah, ¿por qué me inquieto? Si puedes mover la cabeza, habla también. Si nuestras tumbas y osarios han de devolver a los que enterramos, nuestros sepulcros serán el estómago de los buitres. (El espectro se va)

*
Maldita figura, ¿no le veis? Se arriman a nosotros imágenes que obsesionan en mayor o menor medida, incansables, cabeceamos entre ellas ¿Qué imagen no es susceptible de acercársenos como espectro? La condición de la oscuridad es luminosa y la gracia de los espectros la escribe Victor Hugo: “Una sombra más pequeña, que iba y venía entre las grandes, denunciaba a un enano o a un niño”. En la misma forma están otras formas; y qué forma no es reconocible, asimilable, semejante a algo visto con anterioridad en otro lugar.

*
Es posible alcanzar a ver objetos y colores que jamás tendremos a disposición en nuestro sistema de ocular. Mediante instrumentos acoplados al ojo, comienza una historia de prolongaciones del órgano por excelencia visual. Por orden cronológico: telescopio, microscopio, caleidoscopio, estetoscopio, endoscopio, todos ellos con el sufijo –skopeo, que en estos momentos interesa: observar. Prestar más atención de la debida a cualquier elemento que se presente ante nosotros. Gracias a estos aparatos resulta posible ver lo que está a lo lejos, o algo demasiado pequeño, lo que hay dentro de nuestro cuerpo, sus ruidos; perseguimos los instrumentos ópticos, con ellos la vista alcanza lo inimaginable.

*
El telescopio -o lente espía- surge en 1608, desde entonces y gracias a paulatinos y sofisticados avances, podemos ver lo lejos que nos encontramos de los planetas y estrellas. Dos años después aparece el microscopio, instrumento mediante el cual es posible examinar objetos y cualidades que no son perceptibles a simple vista. Debido a un tímido René Théophile Hyacinthe, quien en 1816 crea el estetoscopio o fonendoscopio, resulta posible oír los sonidos internos del cuerpo humano o animal, detectar problemas cardíacos o trabas respiratorias. Para auscultar el pecho de sus pacientes, creó un cilindro de madera de unos 30 cm. de longitud, para no tener que acercar el oído al corazón de las mujeres por él examinadas. Ese mismo año Hegel publicaba La ciencia de la lógica, es decir: Sancho se atragantó con el yelmo de mambrino el mismo día que lady Macbeth le fue infiel con el espectro de Banquo al Rey de Escocia.



*
El juguete etimológicamente más completo -aparece también en 1816 y fue creado por David Brewster-, consiste en “el instrumento para observar formas hermosas”. El caleidoscopio -kalós bella, éidos imagen, skopeo observar-, es el aparato con el que siempre nos divertiremos, que multiplica simétricamente las imágenes que se encuentran en su interior gracias al relejo de tres espejos. Acercamos el cilindro al ojo, lo giramos y no sabemos cual es la imagen auténtica y cual su reflejo, digamos que es un telescopio extraño, dirigido hacia el espacio del espejismo y las ilusiones visuales.

*
Para “mirar en torno" tenemos el periscopio, instrumento de observación de gran utilidad desde una posición oculta. Consiste, de nuevo, en un tubo con un juego de espejos paralelos formando un ángulo de 45 grados en sus extremos; se usaba en submarinos, y en la primera guerra mundial para observar al enemigo desde las trincheras. El endoscopio también tiene un lugar en esta pseudotipología sobre las perfecciones o deformaciones de las impresiones visuales; es un instrumento cilíndrico compuesto por una lente y una luz, inventado en 1957 por Basil Hirschovitz. Se introduce por cualquiera de nuestras cavidades corporales para diagnosticar qué ocurre allí dentro. Véase también el osciloscopio o analizador de espectro, con el que se consigue representar visualmente las ondas sonoras; el instrumento mide los componentes espectrales, y nosotros vemos en una pantalla las señales acústicas emitidas.

*
“Respondió Jesús: ¿No son doce las horas del día? Si alguno camina durante el día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque no hay luz en él”. Tropezar significa chocar con un obstáculo; para Macbeth, por ejemplo, el objeto molesto era un puñal, su visión colisionaba no se sabe si con un presentimiento o con una imagen transparente. Ahí empieza el drama o angustia figurada, ¿es de noche o de día? De noche, el espectro es quien ilumina la escena, la visión desprende luz donde todo es oscuridad.

- MACBETH: Ve a decir a mi señora que cuando mi bebida esté preparada, toque la campanilla. Vete a la cama (Se va el criado) ¿Es un puñal, lo que veo ante mí con el mango hacia mi mano? Ven, te empuñaré; no te tengo, y sin embargo te sigo viendo. Fatal visión ¿no eres sensible al tacto como a la vista? ¿O eres sólo un puñal de la mente, una creación falsa, procedente del cerebro oprimido por el calor? Te sigo viendo, en forma tan palpable como este que ahora desenvaino. Me guías, como un heraldo, por el camino en que me ponía: un instrumento así tenía que usar. Mis ojos se han vuelto el hazmerreír de mis demás sentidos, o si no, valen más que el resto: te sigo viendo; y en tu hoja y en el puño hay gotas de sangre que no había antes. No hay tal cosa: es esa cosa sangrienta lo que lo forma así ante mis ojos. Ahora, sobre una mitad del mundo, la Naturaleza parece muerta, y perversos sueños engañan al que duerme entre cortinas: la brujería celebra pálidos ofrecimientos a Hécate, y el macilento Asesinato, alarmado por su centinela –el lobo, cuyo aullido es su grito de guardia-, se pone en marcha hacia su designio como un fantasma, con pisadas furtivas, con las zancadas violadoras de Tarquino. Tú, Tierra segura y firme, no oigas mis pasos, ni a dónde caminan, por temor a que hasta tus piedras charlen sobre mi paradero, y quiten al momento el horror presente que ahora le corresponde. Mientras yo amenazo, él sigue vivo: las palabras dan un soplo demasiado frío al calor de los hechos

*
Tres visiones: el puñal de la mente, ensangrentado, con el que Macbeth da muerte a al rey Duncan; las manos también de sangre, en vano enjabonadas una y otra vez por lady Macbeth; el fantasma de Banquo, quien pone en evidencia la locura de la única persona de la sala que le percibe, mostrándose de cara al público como un loco, un demente, el rey de Escocia habla sólo. Visiones dentro de las imágenes, es lo que ocurre en el momento en que los espectros inundan un breve capítulo en la historia de la literatura. Leemos representaciones, en las que se introducen figuras que se dan por inexistentes, cuando en verdad ninguna de las imágenes de esta obra dramática u otra cualquiera de la literatura universal tienen un cuerpo de acción manifiesto. Las representaciones son espectros siempre que vengan de la mano de las palabras, frases, sintagmas de cualquier lengua, pues el medio de representación de las visiones, por principio, es el lenguaje escrito ¿El lenguaje oral? Nadie se lo cree, el que habla acerca de una historia de apariciones no es tenido en cuenta, del modo en que se valora a un escritor que fija al papel los espectros de una vez por todas. Las palabras contiene un rumor, callado y denso, parecido a la potencia de las arenas movedizas; su significado es mueble, su significante, su sonoridad y su fisicidad en el soporte, se encuentra en todo momento es estado de cambio. No sabemos por qué nuestra atención y la de los expertos recae en las visiones espectrales antes que en las supuestamente reales. Parece más importante saber si el puñal era una figura de la mente o no, si a don Quijote le patinaba la razón o sabía que sus correrías eran extravagantes, si el sueño de la razón produce monstruos o viceversa, es la razón del sueño quien los crea.

*
Las palabras son el espectro de la literatura, y su dependencia para con ellas, como se deduce, es total. En la tabla periódica de Mendeleiev encontramos una tipología de las palabras definida en relación a su verdad, alejada de asociaciones semánticas gramáticas, sintácticas. Palabras metales, metales pesados –frágiles, dúctiles-, y no metales. W, volframio -Wolf-rahm; lobo sucio- Nb, niobio –Niobe-, Be, berilio –Beryllos; brillar-, Kr, criptón –Kryptos; oculto- Ar, argón -Argós; inerte- Ni, niquel –Nickel; duende-. Por qué no intentar definirlas como a los elementos, número atómico, símbolo, nombre y masa; caracterizarlas en otra realidad y observarlas desde ahí. Quedan unos siete elementos por descubrir, siete huecos que rellenar en la tabla de Mendeleiev, ¿si tal vez quedasen por descubrir siete palabras? No palabras por crear, las palabras nuevas surgen todos los días, pero, ¿si se nos han pasado por alto unas cuantas?


Sobre la paulatina evaporación de las palabras
*
Antes de las aportaciones de Robert Boyle, -1627-1691- los elementos eran las sustancias básicas de las que estaba constituida la materia, por lo que no podían ser descompuestos en sustancias más simples. Estos cuatro elementos eran fuego, tierra, agua y aire.

- Maravillosa fórmula: “Convierte primero el fuego en agua, pues el fuego está en el aire, que existe en el agua”. Lo que arde sube porque está en el aire, aire que también está en el agua, que también está en la tierra y es lo que separa todas las arenas. Ningún elemento está junto y ninguno está separado, ¿entonces?

*
En la mayoría de los seres vivos, la energía química obtenida a partir de los nutrientes se utiliza en la actividad celular, sin embargo en algunos organismos - ciertos hongos, medusas etc.-, parte de esta energía se puede convertir en energía luminosa. Esta bioluminescencia tiene una función útil, por ejemplo, para las luciérnagas los resplandores de luz sirven de señales apareamiento. La vida sigue dependiendo de una incorporación continua de energía y en la mayoría de los casos la fuente principal de energía es el sol. Los productores absorben energía solar durante la fotosíntesis y la incorporan a la materia orgánica que fabrican; la fotosíntesis es un proceso por el cual algunos organismos son capaces de captar la energía luminosa y transformarla en energía química.



*
De entre todos los hallazgos en busca de la piedra filosofal, resulta fascinante cuando en 1675 Hennig Brand -investigando sobre el color dorado de la orina-, recogió una pequeña cantidad de este líquido desalojado de nuestro cuerpo y lo dejó reposar dos semanas. Lo calentó y le quitó el agua, reduciéndolo todo a un residuo sólido. Mezcló este sólido con arena, sometió la mezcla a fuertes temperaturas y recogió el vapor que desprendía. Del vapor ya frío salió un líquido blanco que no tardó en solidificar. Aquella sustancia brillaba en la oscuridad, y se le dio el nombre de fósforo -portador de luz-.

*
Fosforescencias.

*
La ley periódica desarrollada por Mendeléiev en 1869 afirma que las propiedades de todos los elementos son funciones periódicas de sus masas atómicas. Uno de los éxitos de dicha ley, consistió en dejar vacíos los huecos de la tabla periódica para los elementos que quedaban por descubrir. Cualquier elemento de la tabla periódica tiene número, símbolo, nombre, masa y estructura. Bergson anunciaba a cierta altura, en El pensamiento y lo moviente: “La metafísica es la ciencia que pretende arreglárselas sin símbolos”

*
En 1854 Bunsen y Hirchnoff ponen a andar su invento, compuesto por uno de los sólidos platónicos cotidianos -cajetilla de tabaco-, los extremos de dos telescopios y una fuente de calor -mechero-; al invento se le dio el nombre de espectroscopio, literalmente: observar el espectro. Una fuente externa que suministre energía –calor- excita los átomos y les hace emitir luz de frecuencias bien definidas, son las líneas espectrales; cada tipo de átomo emite unos colores que le identifican, los átomos firman con esas líneas coloreadas. La espectroscopia es la ciencia que identifica la composición de un elemento por sus líneas espectrales; permite averiguar la composición de las estrellas o del sol, porque el espectro de un elemento es siempre el mismo. Unas líneas espectrales desconocidas revelarían un nuevo elemento a cubrir en la tabla de Mendeleiev.
El gas hidrógeno desprende luz rojiza, que a través de un espectroscopio muestra unas líneas de luz separadas por intervalos regulares. Los colores pasan a diferenciarse entre sí por sus longitudes de onda, en millonésimas de milímetro –milimicrones-; rojo de 642 milimicrones, rojo de 605 milimicrones, etc. No es un juicio lo que define un color más claro o más oscuro; no se habla entonces de luminosidades sino de oscilaciones electromagnéticas –luz- de diferente longitud de onda. La longitud de onda es el color, para entendernos, y el color recibe un nombre sin recurrir al lenguaje plástico.

*
Tenemos luces invisibles, que el ojo no distingue, de las que precisamente nos valemos para hacer visible lo que no lo es, los rayos infrarrojos y los ultravioleta. Estos rayos nos ayudan, por ejemplo, a descubrir firmas manipuladas, tachones en ellas, a revelar partes borradas de una escritura.

*
Por un eclipse de sol, en 1895, -el mismo año en que comienza a andar el cinematógrafo y que Wilhelm Conrad Röntgen descubre los Rayos X-, Janssen y Lockyer descubren un color no identificado en las líneas espectrales de la gran esfera -un elemento desconocido, por lo tanto-: el Helio. 1985.

*
A estas líneas de colores, que son una especie de huella digital del elemento químico, se les llamó el espectro de ese elemento. En 1903 Mijaíl Tsvet da a su invento el nombre de cromatografía. Y todos nosotros podemos hallar la cromatografía de las palabras que escribimos, como premio el beso de las ideas: todo lo escrito con el mismo tipo bolígrafo desprende los mismos colores, aunque la persona que escriba sea distinta. La tinta tiene su espectro independientemente de las palabras.

*
Si en la parte baja de un folio escribes con un bolígrafo bic azul cualquier palabra, colocas el folio en una botella con un poco de alcohol, sin que el alcohol toque la palabra, y esperas el tiempo que la palabra necesite, tendrás su espectro. El alcohol sube por el papel arrastrando la tinta y queda apenas la palabra escrita, pero la palabra es legible a pesar de que la mayor parte de la tinta ya no esté en ella.

*
El tiempo que tarda en vaciarse la palabra, depende de la altura del folio, en relación al tiempo que tarde en evaporarse el alcohol. El espectro de la palabra escrita pone en evidencia los colores que componen el azul del bic. El color de la nebulosa que asciende no es el del azul bic, y la palabra escrita también cambiará a otro azul. Este tipo de cromatografía consiste en el hecho de que los compuestos colorantes de la tinta pasan a la solución alcohólica y se degradan y separan gradualmente a medida que el alcohol asciende y se evapora. Abandonan la palabra escrita, que sigue escrita -en el caso del bolígrafo bic, no del pilot, como veremos., y delatan todos los colores de los que está compuesta la tinta. El sombrero de la palabra escrita es como una nube pegada a la palabra que no sabemos por qué, cambia de dirección, la forma de ese sombrero no es nunca la misma, y las más de las veces tiene forma de llama, o de arco ojival.
Tanto la espectrometría como la cromatografía, no son otra cosa que métodos para desentrañar compuestos.

*
Son ideas sobreexpuestas.

*
Hubo un tiempo en el que se creía que los seres vivos estaban dotados de una fuerza especial que los diferenciaba de los objetos inertes. La ciencia moderna parece haber rechazado ese pensamiento vitalista, fundamentando entre sus tesis, que las moléculas son comunes a los organismos vivos y a los inertes. Ese vitalismo que hace derivar lo visible de todo lo inmaterial -neumático, élánico- defiende la vida como forma no reducible en desgranamientos empíricos.
Quizá todo el embrollo consista en haberle dado la vuelta a esta verdad, en tratar a los seres vivos como objetos y los objetos inanimados como seres inertes. Se le ha dado vida a lo que no la tenía, y se ha paralizado a quién la tenía. Eso es la estética de alguna manera, una disciplina que trata el arte y la filosofía, sin pertenecer a ninguno de los dos campos. Eso es: la estética no se puede reducir a leyes físicas ni químicas. Pero de alguna manera, ya está levantado el muro entre el mundo vivo y el inerte. Como Agamben lo propone: “La única manera- argumentaron- para explicar que no hay nada que explicar es dar explicaciones”

*
Además, si el espectroscopio es un prisma, entra en juego un factor físico añadido, la refracción, de manera que el prisma desvía los rayos de luz del compuesto; cuanto menor sea la longitud de onda mayor será el desvío, y cuanto mayor sea la LO, menor. A través de prisma un rayo de luz desentraña su espectro. El cuerpo negro absorbe todas las longitudes de onda que incidan en él.

Grafoscopia

*
Existe, efectivamente, una disciplina que trata de examinar las grafías, observarlas como una construcción arquitectónica -del griego graphein: escribir y skopein: observar, examinar-; las palabras, utilizadas para caracterizarse las unas a las otras, en grafoscopia -o grafocrítca- son manipuladas para señalarse a ellas mismas. Así, la palabra espectro, manuscrita en un papel, puede desmigarse en modalidades o elementos grafoscópicos para tratar de identificar objetivamente la palabra. Para auscultar una palabra, dividimos en dos grupos las variables, en esenciales y secundarias. Esenciales: Composición –grammas-, Trazado -trazos y rasgos-, Diagramación -sector inicial, central, superior inferior y final-. Secundarias: Tamaño, Forma, Dirección, Inclinación, Presión, Cohesión, Velocidad, Orden. Las variables esenciales reciben ese nombre porque sin ellos la grafía no existiría:

- Gramma: cada una de las partes en las que se puede dividir una letra
- Trazos y rasgos: son los formantes que identifican una letra. Se define como rasgo la línea que une dos trazos y que no constituye propiamente una parte de la letra. Así es como una letra estaría formada por su cuerpo básico y los enlaces con la anterior o la siguiente, también en el interior de la misma. Los rasgos sobresalientes para el grafocrítico o investigados de las grafías, vendrían a ser el punto de ataque, rasgos iniciales de ataque, rasgos de enlace, rasgos finales o de escape y el punto de escape. Son los puntos donde la escritura pasa de invisible a visible, se localiza el contacto y la despedida del útil sobre el soporte y donde se encuentra el movimiento de partida y final de la mano. Tres serían los rasgos principales:

“Rasgo de ataque o inicial: Signo gráfico que va desde que el útil contacta con el papel hasta el inicio del trazo que forma la letra.
Rasgo de enlace: Desarrollo gráfico que une dos letras de una misma palabra o incluso de palabras distintas, y que está formado por el rasgo final de la anterior y el inicial de la siguiente.
Rasgo de escape o final: Desarrollo gráfico que va desde el final del trazo de la letra hasta que el útil escritural deja de contactar con el papel”


*
Nos detenemos en líneas invisibles de la escritura; son gestos sin huella, como los espectros. Aquellos trazos no rasgados en el papel, en los cuales se encuentra un punto de contacto y otro de despegue; como ocurre en las visiones -sean provocadas por el miedo o la falta de sueño-: necesitan aparecerse y evaporarse en algún punto ante nuestra mirada sorprendida. Estas líneas incorpóreas parten de una letra y van a otra, de una palabra a otra; determinan el arranque, o el despegue de un grafismo. Son trazos aéreos: “Invisibles: Dícese de aquellos signos o elementos gráficos poco aparentes, que no se captan en la imitación y en el disimulo quedan plasmados. Entre ellos cabe citar, los puntos de ataque y escape, los signos de puntuación, la limitante verbal y basilar, la organización del escrito, y los márgenes”. Esos hilos invisibles que no trazamos pero constituyen el gesto de escribir, hacen posible el acto de la escritura.

*
Para hablar de la diagramación, resulta necesario definir unas líneas, una caja caligráfica o esqueleto donde las palabras, sin saberlo, se soporten. Encajada la palabra en una especie de jaula gráfica que la comprende desde sus límites, sin sobresalir esta por arriba o por abajo, distinguimos las zonas o sectores de una firma:

“Zona inicial: Parte de la letra que comprende el punto y el rasgo inicial.
Zona media: Parte de la letra que queda comprendida dentro de la caja de escritura, que tiene la misma altura que los óvalos de la letra de que se trate.
Zona superior: Parte de la letra que sobresale por encima de la caja caligráfica y que recibe el nombre de hampa –cresta-.
Zona inferior: Parte de la letra que sobresale por debajo de la caja de escritura y que recibe el nombre de jamba –pie-.
Zona final: Parte de la letra en la que queda incluida el rasgo y el punto final.”

Los elementos secundarios se corresponden con los siguientes parámetros grafométricos:

Tamaño: Dimensión o amplitud de los movimientos que ejecuta la mano al escribir
Altura, anchura, distancia entre letra y letra, cambios a lo largo de la palabra, altura de pies y crestas, separación entre líneas, separación entre palabras.

Forma: Modalidad de la estructura de las letras
Escritura angulosa, curva, complicada, simplificada, suelta, torpe, caligráfica, tipográfica, artificiosa, espontánea, legible, ilegible.

Dirección: Lugar o plano simbólico hacia donde se dirigen preferentemente los movimientos en el espacio gráfico
Grado de dirección- La dirección de la línea de base de un escrito se define como muy ascendente, ascendente, horizontal, descendente, o muy descendente.
Variaciones de la dirección- Líneas de base cóncava, convexa, final de línea caído, final de línea ascendente, cae la última letra de la palabra, sube la última letra de la palabra, ascenso súbito, descenso súbito, texto comprimido al final de la línea.

Inclinación: Espontaneidad de los movimientos
Grados de inclinación- Muy invertida, invertida, recta, inclinada, muy inclinada.
Variaciones en la inclinación- Inclinación monótona, vibrante, oscilante.
Tipos de variaciones- Variaciones alternas rítmicas, variaciones alternas arrítmicas, de un sitio a otro, sobre diversas palabras, sobre una letra.

Presión: Intensidad o fuerza en el impulso gráfico
Grados de presión- Presión deficiente, fina, normal, firme, pesada.
Formas del trazo- Trazo neto, limpio, pastoso.
Sentido de la presión- Acentuada en sentido vertical, acentuada en sentido horizontal, irregular, equilibrada, regresiva.

Cohesión: Constancia, regularidad, estabilidad o perseverancia de la onda gráfica
Grados en la unión- Escritura muy ligada, ligada, desligada, fraccionada
Variaciones en la unión invisible- Unión directa, indirecta.
Variaciones a lo largo del escrito- Escritura monótona, variada, descompensada, compensada, progresiva, regresiva.

Velocidad: Vivacidad del impulso gráfico
Grados de velocidad- Escritura lenta, mesurada, normal, rápida, precipitada.
Variaciones en la velocidad- Regular, irregular.

Como el osciloscopio representa las señales acústicas, la grafoscopia representa lo que las palabras no dejan ver. Su instrumento, una lupa especial de gran aumento utilizada por los peritos grafológicos –grafoscopio-, nos acerca a esas líneas invisibles, inmateriales y etéreas como el puñal, Dulcinea, cualquier fantasma al fin y al cabo. Una palabra puede ser definida por medio de otras semejantes, sin que estas hagan honor a su significado: escritura confusa, margen superior ausente, margen inferior exagerado, desigual, decreciente. Altura del cuerpo central pequeña, anchura sobrealzada, distancia entre letra y letra extendida, crestas y pies pequeños, separaciones mayores a la norma; forma angulosa, en guirnaldas, complicada, pastosa, caligráfica personalizada, final de línea ascendente; presión deficiente, pastosa, regresiva; inclinación oscilante, fraccionada, unión indirecta, descompensada; velocidad lenta e irregular.


*
Como decía Macbeth, “las palabras dan un soplo demasiado frío al calor de los hechos”. Si a las palabras les quitamos su significado, comprendiéndolas como elemento gráfico susceptible de análisis, tal vez sea posible que se esfumen del papel

De la diferencia entre el hombre y una hoja en blanco

*
La figura humana, es decir, la sombra que se apoya sobre los cuerpos, no emite colores de ningún tipo, sino que está formada, toda ella, de los colores de los objetos que la rodean. Los pintores saben que las sombras pintadas están compuestas del reflejo de lo que rodea a la persona. Compuestos por todo lo que no pertenece a nuestro cuerpo, los seres humanos nos damos a la escritura, como los colores de los objetos que nos rodean, nos dan nuestra sombra. Sombra que significa cuerpo, y cuerpo sin colores; aunque se nos someta a temperaturas elevadas por una fuente externa de calor inminente, lo único que desprenderemos será olor.
De la misma manera que las palabras escritas con tinta tienen sus colores compuestos, nosotros tenemos los nuestros, que son todos los exteriores, aunque metamos los pies en alcohol, no hay cromatografía posible para lo que no está escrito, ni colores sobre la cabeza de nadie. O esto es así, o el cuerpo es el espectro de su sombra.

*
Tal vez porque el espectroscopio es un instrumento analítico para llegar a la fuente original, ¿quién no vendería su sombra al diablo por ver a Platón con un espectroscopio entre las manos?

*
Si el bolígrafo con el que escribimos es un pilot azul, desaparece absolutamente toda la palabra, todas las palabras, de todo lo escrito solamente queda el daño que la presión de la mano halla dejado sobre el papel. Arriba, la tinta se situará toda en forma de línea azul paralela a la palabra. Hasta el momento, este experimento es el único método conocido para borrar las palabras sin intervención de la mano. A menos que pensemos que la nebulosa coloreada es una palabra. Fue una palabra, y su significado se esfumó al mismo tiempo que su forma.

*
Si el bolígrafo es de tinta permanente, el espectro será muy nítido, y más fuerte que el del bic o el pilot. Podemos frenar la consumación del espectro a voluntad; esta no es una propiedad química, es nuestra. Todo lo más que podemos hacer es interrumpir la aparición del espectro. El espectro está contenido, podemos mostrarlo en toda su longitud o interrumpirlo. Sostenerlo, es parte de nuestra naturaleza.

*
Tomamos una palabra cualquiera, como ejemplo, pero se puede escribir una frase entera y sucederá lo mismo; la palabra siempre se utiliza como ejemplo, ¿verdad?

*
Le quitamos a la palabra su tinta, y la huella del término empalidece. El contenido de la palabra escrita no es el contenido del vocablo, la palabra está rellena de tinta en el primer caso, y de significado en otro. Tinta y significado; a pesar de que la tinta se esfume, permanece tanto la palabra firmada como su significado. ¿Cómo borrarlo? Lo que la palabra es, no se puede sumergir en alcohol.

*
“Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la escritura dijo: Tengo sed. Había allí un botijo lleno de vinagre. Fijaron en un venablo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando hubo gustado el vinagre, dijo Jesús: Todo está acabado, e inclinando la cabeza entregó el espíritu”

*
Las palabras manuscritas ocultan sombras. Es necesario un proceso que revele eso que las palabras no muestran, que no es su significado: es la tinta. Todo queda momentáneamente reducido a las sustancias que componen la tinta, esto no deja de inspirarnos cierta calma. Tal vez nos hemos entretenido en ellas, porque no podemos decir nada más salvo que están escritas. Su espectro está libre de todo lo que comúnmente se entiende por espectral, son las leyes físicas y químicas las que desentrañan toda su apariencia, exenta de fantasmas, de visiones borrosas, de sugerencias. No podemos sacar de una palabra más que lo que está escrito, entonces la sombra coloreada que deriva de una cromatografía no es en absoluto creativa. Tal vez por esta falta de creatividad nos tranquiliza, porque no hay nada que interpretar, ni nadie quiso decir otra cosa, más que la tendencia de las palabras a evaporarse por medio del alcohol. A la palabra hablada, en cambio, le corresponde un espectro no reducible a fórmulas de ningún tipo, es una palabra absolutamente creativa. Lo escrito es imagen y la imagen de lo hablado es la boca del que habla. A este punto queríamos llegar: la palabra cromatografiada, espectroscópica, no necesita ningún sujeto que la torne fantástica. Sólo la vista exenta de pensamiento conoce esos placeres.
Uno escribe una palabra conflictiva, la sumerge en alcohol y esta se evapora, el mensaje es tranquilizador: es como todas; le pasa lo mismo, no pueden ser realmente tan diferentes. Es como si alguien te pregunta como estás, y tú le respondes que vestido y de pie. Son placeres del mismo estilo.

*
La palabra espectro tiene espectro como todas las palabras, luego la palabra espectro sólo se diferencia del resto de las palabras por su significado. La química tiene un efecto relajante para quien no la conoce porque todo está ordenado aun desconocidamente. La tabla de Mendeleiev parece lanzarnos un mensaje subliminal: “La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da os la doy yo”

*
Lo dicho, el espectro del ser humano es el olor que desprende, perfume animal audible incluso con los ojos cerrados.

*
Porque lo que se evapora asciende, la huella digital de las palabras escritas sube por la hoja de papel. No hay vapor descendiente, la cromatografía no aparece hacia abajo; si escribimos la palabra en lo bajo de un folio, tras un tiempo considerable, la tinta toda se situará en el margen superior de la hoja, donde el folio comienza. Si la escribimos en la parte alta del folio, apenas percibiremos el comienzo de su despiece.
Subiría más si el folio fuera más alto, pero el folio es un espacio en blanco acotado, insuficiente para que el espectro se degrade por completo. La marca vaporosa de las palabras ameniza la altura del folio; donde se encuentre el límite de la hoja de papel, la tinta tropezará con un obstáculo insalvable, el fin de la materia que le ha dado cuerpo. Donde finalice el folio, el camino del espectro de aquella palabra quedará interrumpido. El espectro de la palabra no es infinito en este sentido, ¿o es que las almas de los muertos suben y van al cielo?

*
Escribe Quevedo: “Por mi bien pueden tomar otro oficio las auroras: que yo conozco una luz, que sabe amanecer sombras” 


*
En algunos casos, el espectro de la palabra aparece ondulado, en otras es recto, en otras asoma con forma de llama de mechero descentrada a la izquierda o a la derecha. En ocasiones, se acaba la sombra en un punto único muy cercano a la palabra, en otras sube hasta el final del folio en línea recta, y podría subir más. Y todo esto no sabemos porqué ocurre pero es cierto. Si se pone como fecha cierta el nacimiento del cine en 1985, podemos decir que el cine nació doscientos cinco años después de que Kant escribiese la Crítica a la razón pura, y que el fósforo fue descubierto trescientos diez años antes del nacimiento del cine y del descubrimiento del helio; esto es cierto, y es una verdad completamente inútil. Estas son del tipo de verdades innecesarias a pesar de ser verdad ¿Lady Macbeth?

*
Que los espectros son degradaciones en todos los sentidos, cuerpos no humanos difuminados y cuando alguien habla o escribe sobre ellos, lo único que se esfuma es el sujeto. (USAL ed., Estética: Perspectivas contemporáneas, 2009)




JIŘI KOVANDA. PINK CARPET
Las huella de Jiri Kovanda

  Transportar agua de un río con sus propias manos para volver a depositarla en la corriente, huir de sus invitados, esperar una llamada telefónica, llegar demasiado pronto a una cita, mirar fijamente al sol, tropezar con los transeúntes. Son algunas de las acciones con las que Jiri Kovanda (Praga, República Checa, 1953) comienza en los años 70 documentadas por el fotógrafo, único espectador, y traladadas al museo por medio de apuntes, fotografías y descripciones. Kovanda acude a la acción como tantos artistas que recurren a este modo de expresión, con la desesperanza de albergar una identidad extraña, procurando un argumento anestésico o un placer momentáneo a resolver por medio de acciones desinteresadas. Las performances de Kovanda se definen por contraste, por la distancia de su trabajo respecto a las experiencias físicas de artistas como Marina Abramovic o Chris Burden, y la diferencia entre ellos radica en los distintos modos en que cada uno dirige sus acciones hacia la afirmación, la pérdida o el encuentro de una identidad.
  En el vértice opuesto al de los ademanes espectaculares, el tono o la declamación de la voz sumergida en las acciones de Kovanda proviene de la mudez más radical, la de quien se expresa por medio de gestos y muecas sin esperar nada a cambio. Como un diario personal cuyas páginas se rellenan de vez en cuando, los acontecimientos mínimos de Jiri Kovanda, realizados de puntillas como sin querer molestar, aluden hacia lo prescindible del receptor de la obra de arte. Obras desapercibidas, acciones inútiles si Kovanda no hubiese cometido la prudencia de documentarlas. A saber las performance de las que no tendremos noticia nunca.
  Cuando ya un cierto sentido autodestructivo rodeaba sus acciones mínimas -la sordera, la incomunicación denunciada en sus performance con dulce sumisión, sin reclamos hacia un malestar definido- Kovanda se esfuma como protagonista de su obra. A partir de los años 80 abandona las discretas acciones y comienza a crear objetos que altera de modo sutil, manipula elementos cotidianos y elabora instalaciones mínimas, como el recogedor con una cuerda cayendo del mango, o la mesa dividida en cuatro partes, encajadas cada una de ellas en una esquina de una sala del CGAC. De su trabajo objetual y sus pinturas se ha destacado tanto la ironía hacia las manchas de Sigmar Polke o Pollock como la influencia de los ready-made de Duchamp, pero tal vez lo obvio de las referencias a otros artistas, en su caso no excluya lo valiente de posponer el encuentro consigo mismo, o al menos una identidad en la que reflejarse.
  La comisaria de esta primera primera retrospectiva de Jiri Kovanda fuera de su país, Edith Jeřábková, transcribe el cambio de miras que lleva a Kovanda a abandonar sus acciones a finales de los 70, cuando el propio artista confiesa que “su propia presencia física se ha hecho irrelevante, que lo único que se necesita es su huella”. Punto y aparte en la trayectoria de Kovanda, el hecho de conformarse con lo que deja tras de sí. La temporada objetual y pictórica se transforma casi en una lapsus personal, hasta que a comienzos de los 90 vuelve a realizar acciones. Para Kovanda estos dos polos opuestos, la presencia y la huella, dibujarán desde entonces su trabajo, se balanceará entre los assamblages, collages y pinturas y la performance, como Kissing Through Glass del año 2007, donde utiliza el video como registro y de un modo inevitable, la idea se esfuma detrás de la reproducción exacta del acontecimiento.
  Con humor e ironía se mueve entre construcciones con materiales olvidados o prestos a la desaparición, azúcar, espaghettis, objetos viejos, cartones, cajas de cerillas, maderas, clavos, lana; ninguna de las intenciones sarcásticas de los objet-trové se trasluce en sus performances. El doble filo revelado en la trayectoria de Kovanda, el de performer y el objetual, el de visos románticos o el de corte surrealista, anuncia una conciencia de desposesión salvaje sobre el objeto artístico. Son sus obras las que le descubren, señalan a su autor, sobreexponen al sujeto y lo denuncian, lo identifican. Incluso cabe la posibilidad de entender al artista como el objet-trouvé de sus obras, pues son ellas las que remiten a él, como un lugar en el que se enuncian dos significados contradictorios, donde se conectan el sentido del humor y el de la insignificancia. Siguiendo las huellas que Kovanda ha ido dejando en casi cuarenta años de pausado forcejeo entre el sarcasmo y la incomunicación, toman sentido sus palabras cuando decía que sus huellas eran suficientes. Dejando un rastro de sí mismo, en un momento dado, tanto él como nosotros podemos seguir las pisadas, deshacer el camino y leer la incomodidad de enfrentarse de continuo a una identidad única que nunca llega. (ABC, El Cultural)

sábado, 6 de diciembre de 2008

Cine sin actores. Clemens Von Wedemeyer presenta



          Rien du tout, Clemens von Wedemeyer, Maya Schweizer, Deutschland/Frankreich 2006
Preis für den besten Beitrag des Deutschen Wettbewerbs, 52. Kurzfilmtage


  Filmar el territorio extraoficial del cine tal vez descarta la propia película. Improvisaciones, basckstages, detalles de última hora, la obra de Clemens von Wedemeyer (Göttingen, Alemania, 1974) inmoviliza la verdad anterior, el tiempo que precede y rodea la obra definitiva. Desde los comienzos en la escuela de Bellas Artes en Leipzig -98/02- su trabajo ha girado en torno a la ficción del teatro y la verdad del cine documental. La antigua polémica que Wedemeyer presenta en sus cortometrajes, tal vez gire sobre la necesidad de interrogar el estado actual de la dirección de actores y la interpretación cinematográfica.
  En la entrevista realizada con motivo de su participación en Skulpture Projekte –Münster 07- Clemens von Wedemeyer subraya la importancia de trabajar con toda clase de personas durante la creación de sus videos. Sus obras representan el ejemplo ideal para abrir el debate sobre un nuevo sentido dramático: el guión ocupa un espacio cada vez menor cuando se utiliza la cámara como herramienta primera de registro, sin estar condicionada por completo. El esquema heredado del teatro, la fidelidad de los actores a un guión, es el primer paso en la mayoría de las producciones actuales, salvo aquellas donde la cámara funciona como lápiz y el cine se aleja de su lastre escénico.
  La partitura se escribe con imágenes. No hay dirección de actores en Occupation -filmada en el 2002-, los extras se sitúan en un rectángulo de césped y gesticulan desorientados por las confusas instrucciones del director. Es de noche y el equipo de filmación lo forman actores sosteniendo micros, cables y luces, solucionando problemas técnicos. Los extras desconocen que ya están dentro del film. El espectador de Occupation se recrea en el espacio escondido por lo común a los ojos del público: la interacción entre el equipo de filmación y los extras confundidos. Los cortometrajes de Wedemeyer congelan el tiempo que rodea al film, castings, momentos anteriores al rodaje, actores suspendidos por una función que no comienza.
  En ocasiones, los protagonistas en las obras de Wedemeyer carecen de preparación escénica o incluyen actores esperando el momento de subir al escenario. Tal vez sea el modo definitivo de fulminar o reflexionar sobre la función de los métodos interpretativos vigentes en el cine del siglo pasado. Llevar a la gran pantalla personas que no actúan paraliza el método Stanislavski, su versión norteamericana del Actor’s studio, o recursos como el de Woody Allen de ofrecer a los actores sólo su parte del guión para que desconozcan el sentido total de la obra. Rien du tout, realizada con Maya Schweizer, consiste en el casting en un barrio de los suburbios de París para Catastrophe, una pieza de teatro de Samuel Beckett. Las horas de selección ya son la película. Sin dirección de actores no parece posible hablar de actuación; el simple hecho de pertenecer a la imagen en movimiento no implica la interpretación de personajes. No existen si nadie actúa; la representación brilla por su ausencia cuando se documenta un cuerpo borrado de diálogos escritos o actitudes señalizadas.
  La teatralidad continúa representando una traba para el cine contemporáneo. Cine sobre cine, en el año 2000, Lars Von Trier propone a Jørgen Leth realizar cinco variaciones de su cortometraje de 1967, El ser humano perfecto. Parece un sentido documental compartido por Wedemeyer en sus remakes, como el de Big Business -2002-, donde versiona un clásico de Laurel & Hardy utilizando como actores a presos de una cárcel alemana. Su obra Metropolis trata sobre la posibilidad de trasladar el film de Fritz Lang a otra civilización, Wedemeyer llega a Shangai y le declara a un trabajador nativo el objeto de su viaje: “Venimos a buscar exteriores para una película, hablar con obreros y arquitectos, guionistas y novelistas. Investigar si puede resituarse toda la película aquí”. La plantilla está compuesta por obreros hablando sobre sus experiencias laborales.
  Cuando los actores no representan personajes y el Making of es suficiente, el cine avanza en una dirección donde parece surgir una identidad mixta a camino entre el documental y el videoarte. El rodaje muestra una realidad cinematográfica independiente, como se aprecia en el Making of de Occupation y el de Big Business. Making of Occupation dura dos minutos más que Occupation, he aquí un paréntesis abierto para reflexionar sobre el objeto del cine como fuera de campo plegado sobre la pantalla. Quizá la magia de las obras de Wedemeyer consiste en cuestionar la función del arte dramático en el cine. A través de la realidad documental del rodaje queda en suspenso la pertinencia de la obra final, el Making of depende de sí mismo y los actores que no actúan, los presos o los obreros refrescan la pantalla y dislocan la costumbre del público a recibir cine interpretado. En el trabajo de Clemens von Wedemeyer la espera es la dirección de los acontecimientos. (ABC, El Cultural)

domingo, 2 de noviembre de 2008

Una posibilidad para la escultura. Waltercio Caldas


Waltércio Caldas
Garrafas com Rolha, 1975
ferro pintado e cortiça,
23,5 x 17 x 10 cm


La presencia de la escultura ya crea un espacio, ya lo destruye. Al tiempo que estrena el lugar donde reposa, el museo desaparece tras la obra de Waltercio Caldas (Río de Janeiro, 1946). Hoy podemos hablar de algo que golpea contra el aire y las paredes blancas del edificio, invadido por más de cuarenta esculturas, o una sola si el espectador se aleja lo suficiente. Las salas y los corredores se van de escena y queda a la vista una sinfonía de formas irreconocibles, casi siempre leves aun formuladas en acero. No es posible nombrarlas, estamos ante materiales como el vidrio, la lana, o el papel, escenografiados desde otra plataforma de sentido, sin rastro de mensajes chillones o lamentos citacionistas. Aluminio, confianza, plástico o hierro limpio, las obras comunican el punto de vista del creador a través de su forma y su lugar; en el trabajo de Waltercio Caldas es posible leer la historia del arte escrita desde la actividad, la práctica artística y el contacto personal con los materiales.
Él señala que la historia es la materia prima de su trabajo, y lo consigue sin citar o deformar la imagen de los personajes que nombra: Giotto, Thelonious Monk, Platón, Mondrian, Rilke. Con los hilos, los tubos de metacrilato y la piedra, no fuerza el significado de los materiales, no les proporciona otra vida, existen en sus esculturas sin la violencia que en ocasiones genera el pensamiento sobre la materia inválida.
Las formas anónimas y las escasas figuras reconocibles implicadas en sus instalaciones, se presentan como portazos silenciosos para el que quiera atrapar o aprehender su sentido, y una gran sonrisa a quien lo intente. Unos cuantos balones de mármol con una parte cortada, lisa, casi semiesferas, podrían estar firmes en el suelo, si el artista no hubiera dejado al descubierto la zona de apoyo estable. No sabemos si la cartela con el nombre de Escultura para todos los materiales no transparentes, 1985 pertenece a las esferas giradas o a la pieza contigua. La sensación se acerca a la de caminar por un bosque con árboles, plantas y arbustos desconocidos.
Waltercio Caldas recuerda que su formación como pintor en Río de Janeiro le sirvió para "inventar una posibilidad para su actividad, un proyecto para sí mismo". Corrían los últimos años sesenta, fraguaba el clima oportuno de cambio, empuje y apuesta por nuevas creaciones, había que inventar posibilidades como fuera. Años de reconstrucción del pais y el momento oportuno para arrancar con un lenguaje propio, tomar decisiones y seguirlas. De aquel ambiente experimental en Brasil a las puertas de los setenta, nacen proyectos tan diferentes como el de Cildo Meireles, Lygia Pape, y otros artistas que aparecen al mismo tiempo que Brasilia, ciudad cuya silueta surgió de la nada, diseñada por el urbanista Lúcio Costa y el arquitecto Oscar Niemeyer. Las palabras de Waltercio Caldas ilustran aquel comienzo, la voluntad de construir su morada con plena confianza.
A la sensualidad de sus esculturas le sigue un desafiante silencio. Luis Camillo Osorio, crítico de arte y profesor de Estética en la universidad de Río, comenta sobre la obra de Caldas: "la provocación es importante, en la medida en que trastoca la comprensión, desorienta la identificación de la cosa vista, hace surgir una forma sin nombre, o sea, sin representación". Si intentamos descubrir el modus operandi de Waltercio Caldas, quizá el primer paso hacia la elaboración de su alfabeto haya comenzado con la definición de un objetivo troncal, tal vez, el de producir un sentido no común. Para lograrlo, aleja sus obras de cualquier impertinente especulación retórica; detrás de las estructuras metálicas se percibe la fabricación primera de un pensamiento sin relleno ni formas vacías. Obras inmóviles, como en reposo, apuntan a un movimiento excluido a la vista. Nada está quieto y nada se desplaza, como ocurre en Próximos, donde el artista no juega con paradojas o contradicciones, sino que salta por encima de ellas para elaborar un tiempo en el que las formas y los materiales duermen.
La dificultad para describir la obra de un creador surrealista de sueños no figurativos, y tratar de acercarles a la retrospectiva del museo, es tarea frustada de continuo; para decir sus esculturas es preciso dibujarlas. La resistencia de su trabajo a definirse por medio del lenguaje oral o escrito, tal vez pase desaparcebida; transmitir o expresar el físico de sus esculturas nos enfrenta también al lenguaje. Con las manos vacías Waltercio Caldas acertó con una lengua para pronunciar el espacio, un camino sin señalizar, una posibilidad por descubrir. Como un traductor que no encuentra editada ninguna gramática para la palabra que desea pronunciar, y debe hacerla visible. (ABC, El Cultural)

Datos personales